viernes, 18 de mayo de 2007

295.- La cajera, el cajero

TINTORRO VIRTUAL: EDICIÓN 295
And the winner is … “El Doctor patoso y Mr. Gardel” de Exlucifer.
Al oirlo el cojuelo diablo da un respingo en su asiento y brincando a una pata se dirige hacia el escenario, donde le aguarda Doña Blanka Fernández Anchoa, exesquiadora profesional y que ahora mata sus horas libres participando en un concurso literario virtual. Tras recibir dos impresionantes ósculos de la escribana en cuestión, ésta hace entrega al ganador de la estatuilla en forma de bota de vino, representativa del “Tintorro Virtual”.
El cornudo amigo, tras asir la alcachofa de ducha que hace las veces de micrófono inalámbrico pronuncia el siguiente discurso:
“…. Probando, 1, 2, 3, . probando…. Me llena de orgullo y satisfacción… haber alcanzado este premio que, sin lugar a dudas, ha supuesto un enorme reto para mí. ¡Qué gran país es éste donde un simple chufletero de pro puede llegar a ganar un premio literario tan importante como éste!
Quiero dar las gracias a todos los sufridos compañeros que han tenido la santa paciencia de leer mi chorrada. También quiero, dedicar éste mi primer y único premio al “sosio”. ¡Va por ti, amigo!
Finalmente, y para no alargarme, el tema que propongo para la edición 295 del tintero está relacionado con una persona a la cual también he de dedicar este triunfo, pues de lo contrario me vería castigado a dormir en el sillón del salón. En fin, sin más preámbulos, indicar que el tema propuesto es:
“UN/A CAJERO/A”, en toda su extensión. Puede ser un cajero electrónico, un cajero de banco, un cajero de supermercado, un artesano que haga cajas, etc, etc. Cualquier relato donde aparezca un/a cajero/a.
Espero que sea del agrado de todos y que participe mucha gente.
Gracias por todo, y como me dijo alguien ayer, “Fetuchini Mare Monti per tutti”!!!!!!!!!

EXLUCIFER666 11/05/0710:41



  • La cajera de AHORRA PLUS y el cajero automático del Banco Peculiar.
La cajera del supermercado de la esquina - los economatos suelen edificarlos estratégicamente esquinados para que por la puerta de la calle principal entren los ricos y seguros de sí mismos y por la entrada de la calle adyacente lo hagan los que andan escasos de recursos, los tímidos, los recatados - siente una devoción extraña por el cajero automático del Banco Peculiar.
Tiene encomendada la tarea de realizar los ingresos suculentos de caja cada hora o dos horas aproximadamente. Los viernes por la tarde y los sábados por la mañana acude cada cuarto de hora, porque la gruesa afluencia de público engorda el caudal sobre los debes u obligaciones de la cadena de supermercados AHORRA PLUS en un cincuenta por ciento de superávit. El exceso de ingresos sobre los gastos son una entelequia rara y extraña sobre la que la cajera y sus compañeros no se atreven a hablar por si llega a oídos de los encargados y jefazos y les bajan el sueldo o han de enfrentarse a un despido procedente del todo improcedente.
La cajera no sabe si llamar amor, pasión desaforada u otra cosa peor a lo que siente por este cajero, que sin chistar le acepta los abultados sobres que contienen billetes de diez y veinte euros con los que ella, la cajera, y él, el cajero, se podrían fugar y pegarse la vida padre - la vida padre hoy por hoy no es igual que la vida madre, piensa ella, cuando le viene a la cabeza lo requetebién que viven su padre y sus hermanos y lo rematadamente garrafal que malviven su madre y ella - . Sabe que la mano que mueve los hilos y los engranjes del cajero automático es con toda probabilidad una mano masculina de hombre fornido, recio y cabal. Un hombre de esos que la arrancarían de cuajo del escaso metro cuadrado en el que transcurren las eternas horas diurnas de la existencia mercantil del supermercado. Un hombre que la llevaría en volandas y dejaría se sentir sus pesadas piernas flebíticas convertidas de repente en cola de sirena. Un hombre que ella imagina detrás de la pantalla táctil del cajero. Cuando pulsa delicadamente "Ingresar" siente a este hombre susurrarle al oído que pronto la rescatará de su cautiverio, que restan muy pocos días, horas, minutos para su liberación. Que tenga paciencia, que ya queda menos para que ambos puedan huir a un lejano lugar en el que no existan cajas de caudales y cajeros automáticos, claves para entrar y salir, claves para meter y sacar. Un lugar sin horarios esclavizantes ni calendarios abrumadores. Un lugar reservado para ella y para él.
Un sábado por la mañana de una primavera febril se agolpan en torno al cajero de la esquina - los cajeros automáticos están situados estratégicamente esquinados para que los ricos puedan sacar dinero sin ser vistos en las calles adyacentes y los pobres no puedan sacar casi nunca del ubicado en la calle principal. Digamos que este cajero luce de adorno urbano. - un pequeño grupo de personas en torno a una joven que se encuentra inconsciente tumbada en el suelo. Alguien que sabe de esas cosas, de la vida, de la muerte, del respirar, del dejar de respirar, del pulso, asegura con una firmeza que deja a todos sin habla, "Esta chica está muerta".

gemmayla 12/05/0711:46



  • La ventana
En el barrio del Soto vivía una viuda pobre en el sótano de un palacio.

El barrio del Soto es rico y barroco, amplio, animado, y tiene grandes casas palaciegas de piedra rosa que, cuando la posguerra, las dividieron para hacer pisos de lujo que ocupó gente bien. Se entra por los grandes portones para carruajes y se llega a unos patios interiores tan amplios que crecen los árboles, anidan las fuentes y serpentean los caminos de arena hasta unos habitan banquitos de madera para los vecinos enamorados. Son auténticos parques enclaustrados entre los muros. Allí dan las ventanas de las cocinas y de los cuartos interiores y todo está en paz.

El sótano de la viuda tenía una ventana a la calle.

La situación es distinta en la calle porque la zona del Soto tiene un exceso de vida comercial y hay mucho tráfico, gente que recorre las aceras arriba y abajo todo el día buscando cosas en los escaparates. Hay dinero, se huele, y hay prisas y muchísimo ruido. Tener un metro de escaparate en El Soto es un gran negocio, eso lo saben los bancos y las grandes firmas comerciales que pagan alquileres fabulosos por cada palmo de terreno que alquilan allí. Pero también, levantas la cabeza y cualquier ventana se puede convertir en un escaparate: ropa de moda, bordados, chucherías frágiles, dulces, telas maravillosas, antigüedades, partituras, abanicos, cosas suaves… Parece que las mujeres prefirieran las ventanas para exponer lo que ellas mismas hacen y venden, porque en aquel barrio hay mucha tradición factora en materia de delicadezas, ya que, en tiempos, las damas venidas a menos sólo se consideraba bien que se ganasen la vida cosiendo y bordando y otras tareas no del todo útiles pero sí bellas.

La viuda tenía una sola hija muy bonita y muy loca, que hacía cajas.

Siempre que paso por El Soto voy a echar una mirada a la ventana de la viuda para ver a la niña. La ventana es grande, un grueso arco a ras de acera con cierre de barrotes por donde, antes, entraban el carbón para las calderas, que lo traían a sacos los carboneros en carros de madera, con caballos peludos con campanillas… Ahora hay calderas de fuel y cristales en la ventana, y el alfeizar, tan ampliamente ancho y profundo como los cimientos de piedra sillar del palacio, es un escaparate de lencería. Camisones bordados, braguitas, sostenes, sedas y encajes blancos brillando en aquella especie de mazmorra.
La hija de la viuda, una chica rubia, se sienta por las tardes en un rincón del escaparate con las piernas descalzas y hace cajitas a la vista del público que se detiene a mirar interesado. Las hace de cartón y las forra de seda de colores y les pone lazos y cintas que les cuelgan, y uno sabe al instante que un buen conjunto de espuma de puntilla de los que hace la viuda, quedará insuperable dentro de una de esas cajas de seda, tanto como luce un buen hombre en un buen coche, y que el detalle le conquistará los favores de cualquier novia que tenga a bien echarse aunque sea dura como una piedra, si es que a uno le gustan duras y altaneras… y se ve que la gente de la calle piensa lo mismo y entran en el sótano de la viuda por el portal y compran, y el negocio va bien.
La jovencita, el reclamo, no habla ni tiene interés en nada que no sea su mundo de cajas. Nos mira sin ver con unos ojos grandes, azules, sonrientes, y sabemos que tiene la cabeza a pájaros, la pobre, tenía que ser así con esos ojos como cielos para perderse en ellos, pero sabemos que se encuentra bien y que está contenta.

BLANKA-L 13/05/0719:23



  • Impresión de barrio (con cacofonías)
El cepillo repica en las manos, callosas y negras de betunes, de Ambrosio el limpia, mientras el eterno palillo de madera baila ritmos frenéticos en su boca de sonrisa displicente de vividor, con ínfulas de D. Juan de barrio bajo.
Es feliz, a su modo, agachando la testuz coronada de escasos pelos y enfrentando los ojos a los cada vez más contados pinreles embutidos en pieles curtidas, que solicitan su arte prodigioso para transformar opacidades en espejos.
Heredó del viejo caja donde sentar reales, gracia para el piropo retrechero y un cierto aire de bandolero de Sierra Morena embutido en cuerpo enteco y rostro adornado con patilla de hacha. Cara de guirlache y ojos verdes completaban el cuadro del limpia barriobajero, chulo, blasfemo a ratos y de pluriempleo macarra de ocasión cuando a la ocasión la pintaban sin riesgos.
Estaba enamorado de Paqui la del colmao.
De toda la vida de Dios se llamó colmao a lo que los modernos mamones del barrio llamaban súper. - Y una mierda súper – mascullaba la boca torcida y palillera de Ambrosio – normal y va que chuta.
Esperaba entre ansioso y valentón a que acabara el turno de caja de la Paqui para pasearla, orgulloso y posesivo, hasta la taberna del Macho Cabrales, garito infecto de gambas plancha congeladas, huesos de aceituna por los suelos y vinos de padre putativo que se acercaban más a malos vinagres que a vulgares cosecheros.
Bajo el brazo izquierdo la caja y colgada del derecho la cajera, así andaba por la vida Ambrosio en los momentos de plenitud del alma, es decir, a la hora del vermouth o de la cerveza fría de la atardecida.
La Paqui, cincuentona descarriada doctorada en malhumores, se agarro al último tren que hizo sonar el silbato a su paso de jaca de pecho escaso y trasero generoso. Quince años y un aborto llevaba con las posaderas ancladas detrás de la caja del colmao del Gallego, después de que éste enviudara y le ofreciera el puesto de la difunta con sueldo escaso y un derecho de pernada de roces y poco más. No tenía el Gallego cuerpo para la jarana. Y menos desde que una atardecida contempló como el limpia aseaba de betunes sus uñas con una navaja de pretensiones asesinas.
Y así anda la tarde en el barrio; la cajera cuadra la escasa caja mientras su amado retaco silba tangos con la boca empalillada paseando con el asiento bajo el brazo esperando a la moza.
- Hay que joderse, a mis años y ennoviao – piensa el doctor en trapos y cepillos mientras hace honores visuales a las mozas paseantes – con lo que yo he sido.
Y recuerda una vida imaginada de triunfos inexistentes, una entelequia, un sueño que hace de ungüento a la desesperanza de una buhardilla sin baño ni ventanas, donde ejerce de caballero amante de una Doña Inés envejecida.
La Paqui, “sin en cambio” tiene en el cerebro la certidumbre de la tristeza, la solidez del fracaso vital aceptado, la ausencia de esperanza como asidero a la vida. Ella solo quiere dormir acompañada y no morirse sola.
Y es que las mujeres, y esto el limpia no lo sabe aunque lo intuya, saben coger de las orejas a la vida sin escuchar sus milongas engañosas. Sin mierdas. Sin mentiras. Sin excusas.
Incluso las cajeras envejecidas con un horizonte embetunado de tristezas.

MALDOROR_ 14/05/0721:58


  • El cajero
Eran las dos de la tarde y el sol le estaba derritiendo el cerebro. Quedaba un trailer entero por cargar. Calculo que terminaria para las cuatro si seguia a ese ritmo. Penso en el existencialismo de sartre mintras agarraba una caja de 25 kilos y la depositaba en la novena fila. Soy lo que estoy haciendo ahora mismo. Un puto movimiento mecanico. Empezo una nueva fila limpiandose el sudor que empezaba a caerle por los ojos.
El encargado se acerco como el que mete un punzon en los traseros de una mala bestia. Para nada vio la gota de sudor que cayo bajo sus pies. Su mirada contemplaba la carga..
Vamos Vysotskij.. que se nos quema el arroz.. para las tres tiene que estar la carga completa.
Penso el el sindrome de Abraham de kierkergard. Cuano el encargado lo llamo por su nombre. Quien soy; soy Vysotskij quien me asegura que soy tal. Y quien es Vysotskij, como contestaria Vysotskij a este puto burdog.
Por que no lo cargas tu con lo cojones-Le hubiera contestado en aquel momento. Pero Vysotskij no contestaba asi. Vysotskij hubiera acelerado el ritmo. Asumiendo que el era una mala bestia y que el punzon habia surgido efecto.
Acelero el ritmo y encajo una caja en un movimiento preciso. El encargado marcho.
En aquel momento recordo un parrafo de Nieztcher sobre la injusticias de la vida. "Aquel que sufra una gran injusticia que reparta sobre los demas pequeñas injusticias". No habia nada, como asi hablo Zaratrutra para desempoñarse de la mierda que le estaba cayendo. Era injusto que el estuviera alli con el cerebro derretido, con unas ganas de mear locas; cargando manzanas que no se comeria en toda una vida y encima le metieran prisa. Todo problema lleva implicita la solucion. Y el encontro la solucion al suyo.
Se encaramo en lo alto de un pale. Se bajo sus bermudas. Y empezo a rociar aquellas manzanas de meado. No dejo ni una caja sin que le cayese al menos una gota.
Aquel dia Vysotskij termino un cuarto de hora antes de las 3. Se fumo un cigarro y se sintio en total equilibrio consigo y con la humanidad. Garraspeo y tomo el camino hacia su casa

taotico 14/05/0723:49



  • El multicine.
Llegó al multicine, una tarde ociosa de octubre y José, un bromista abusón, puso ante los ojos de la cajera del multicine un billete de 20 euros. “Déme una entrada, por favor”. “¿Para qué sala?” ¿Cuál me aconseja?” “No sabría decirle”. “¿Pero usted no ha visto todas las películas?” “Oiga, yo no voy al cine”.
A José le sorprendió la respuesta de la cajera. “¿En ese caso cómo aconseja a los clientes?” “Yo no aconsejo a nadie; y tampoco sé por qué estoy hablando con usted”. “Será porque es usted una persona educada, creo yo”. “Usted no me conoce de nada ni sabe cómo soy”.
José se estaba divirtiendo: “No diga eso, porque a lo mejor yo soy su vecino y aunque usted no me haya visto nunca, yo puedo saber cosas de usted”. “¿Qué sabe de mí?” “Le he dicho que a lo mejor sé cositas suyas”. “Me alegro, dígame qué película quiere ver y le doy la entrada”. “La que usted me aconseje”. “Está usted impidiendo que otros saquen su entrada; haga el favor de decidirse”. “Ya estoy decidido: la que usted me dé”.
La cajera, harta e intrigada a la vez, cortó una entrada y se la dio. José no esperó a recoger la vuelta de los 20 euros. Ella tampoco hizo gesto de darle el cambio. José caminó unos pasos y se entretuvo viendo los carteles anunciadores de otras películas. Se demoró un par de minutos. Luego se dirigió al conserje y le dijo: “La señorita cajera no me ha dado la vuelta de los 20 euros; déme el Libro de Reclamaciones”.
Ante su sorpresa el conserje respondió: “¿No se habrá confundido usted? ¿Está seguro de haberle entregado 20 euros?” “¡Sí, lo estoy!” “Pues vaya a ventanilla y pídale a la señorita Rosa que le dé la vuelta”. “No, ahora no, ahora voy a pedir un cucurucho de palomitas”. “Como usted quiera”.
Tomó el cucurucho de palomitas y entró en la sala de proyecciones. La película aún no había empezado. Se sentó junto a la salida y esperó a que apagaran las luces. Probó una palomita y le supo tan rancia que ya no comió más. Se levantó y salió al vestíbulo. Saludó al conserje y le dijo, enseñándole la entrada, que iba a hablar con Rosa, la cajera, ahora que ya no había cola. El conserje asintió.
“¿Me recuerda, señorita Rosa?... Soy el que no ha recogido la vuelta de los 20 euros”. “¿Cómo sabe mi nombre?” “Ya le he dicho que a lo mejor yo sé cosas que usted no sabe que yo sé… Así que déme la vuelta de los 20 euros. Mire ésta es la entrada que he comprado, una sola: ésta, ha de devolverme 14 euros”. “Mire caballero, no estoy para perder el tiempo. Cuando hagamos caja ya veré si sobran esos euros y se los daré. Dígame su número de teléfono y dirección. Ya lo llamaremos”.
Aquella señorita metida en la cabina, tras los cristales, parecía un pez de colores en una pecera. Por un gesto se dio cuenta José de que ella sabía que era verdad, que no le había devuelto el cambio, pero que por pesado quería darle una lección.
José replicó con firmeza: “Yo no tengo que darle ningún teléfono; usted me da los 14 euros y basta”. “El caso es que yo no recuerdo que usted me diera un billete de 20, sino de 10 euros”. “Señorita Rosa, o me da el cambio o llamo a los municipales”. “¡Llámelos!, les diré que está usted molestando”.
José cogió el móvil y llamó a los municipales. En unos minutos estaban allí. Les explicó lo sucedido. El agente trató de ser condescendiente. “Oiga, caballero, usted dice una cosa y la señorita la contraria, es imposible saber quién tiene razón”. “¡No señor agente, no es imposible!”
El agente estaba absolutamente convencido de que aquel individuo no tendría forma de probar su verdad. Así que puso una sonrisa de plato de postre y le dijo a José: “¡Venga pues dígame cómo sabremos si le dio usted un billete de 20 euros!” “¿Se lo digo, señor agente?” “¡Sí, sí, dígamelo!” El municipal miró a la señorita con ironía.
“Pues es muy fácil, que la señorita Rosa le enseñe los billetes de 20; yo sabré reconocer cuál es el mío”. “Oiga, no juegue con la autoridad, puede usted señalar un billete que no es; todos los billetes son iguales. Mire, ya tengo mucha experiencia en la vida y no me voy a dejar engañar por un listillo, y usted disculpe”. “Todos los billetes no son iguales. Llevan una numeración. Busque el billete número V09368048776. Supongo que el Banco de España le merece toda la confianza, ¿no es así, señor agente?”.

ANDRESNIPORESAS 15/05/0718:35


  • MGO
Silbaba Yo la garota de Ipanema cuando la enfermeradministrativainformáticateleoperadora me llamó por mi nombre, o por alguno parecido.
-Mordred...mugre..miqu..ma...
-Mordecai Maza- Le ayudé
-Sr. Maza, rellene el cuestionario escrito por favor.
Puesto de trabajo: Cajero. Horas sentado: Todas. ¿Le duele la cabeza habitualmente?: Sí. Luego una serie de preguntas al estilo de: ¿Sufre depresiones? ¿Tiene ansiedad? ¿Tiene gripe?¿Insomnio? ¿Se siente decaído? Joder, así cualquiera es médico. Solo faltaba que me preguntaran: “¿Padece usted el síndrome de Von Greperpof? Respuesta: sí” Luego iría a la consulta y... “Tsss, huy que mala pinta, usted tiene el síndrome de Greperpof” -“Hostias que clarividencia”-. No había terminado cuando una enorme enfermera de aspecto nibelúngico irrumpió en la sala de espera. Seguro que tenía algún nombre al estilo de BERG, URGH, o TORKOR, y cantaba ópera. Guardé silencio, evocar silbando las playas de Ipanema resultaba imposible ante la contundente presencia de la mujer columna. Rugió mi nombre y me levanté como un resorte.
“Voy a hacerle unas pruebas”- Y me condujo hasta una habitación que parecía la sala de torturas de un grupo terrorista checheno-
“¿Ha traído la muestra de orina?”- La saqué presto, la mujer parecía estar en constante enfado. Tomó el tubito y lo miró al trasluz durante unos instantes, como lo haría un detective de antivicio. Temí que introdujera el dedo meñique y se pasara un poco por las encías...
“Es pura” -Le dije mientras la miraba. No lo entendió-.
Me sacó sangre, me midió, me pesó y me examinó la vista haciéndome mirar una sucesión de extraños símbolos que algún oftalmólogo oligofrénico habría diseñado en un acceso de autocomplacencia. Luego me despachó diciendo: “Presiónese fuerte el parche de la vena, si no le saldrá un hematoma”. Volví a mi silla donde completé el formulario lo mejor que pude con el brazo derecho estirado y la mano izquierda apretando la vena. La letra no me quedo muy resultona. Aquello parecía que lo había escrito la madre del rey un día de resaca. Lo entregué a la enfermera multifunción y esperé, después de 5 minutos entré en la consulta del doctor.
“Siéntese Sr. maza. Bueno ¿cómo se encuentra?”
“Bien”
“¿Tiene falta de sueño? ¿Nervios? ¿Ansiedad?..”
“Sí”
“¿Dolores de cabeza? ¿De cuello? ¿Hombros?”
“También. Las tres cosas”
"Ajá, Eso es estrés. ¿Se siente estresado?"
“ Sí. Lo puse en la hoja que está leyendo usted. También me duele la espalda y los riñones.”
“Bueno eso es acumulación de tensión.”
“Los ojos me pican, y siempre me cruje el cuello”
“Sin duda estrés y lo de crujir... tendrá usted unas articulaciones muy sonoras”- sonrió-
“La mandíbula se me desencaja por las mañanas y me duele la cabeza durante días.”
“Bruxismo. Mire Morde.. Mur..dre.
“Mordecai”
“Eso, Mordecai. Usted padece mucha tensión y se le carga la mandíbula mientras duerme. Ya le digo, tensión.
“Y estrés, supongo”
“Y el estrés, por eso padece insomnio también. Necesita una fíbula de descarga para el bruxismo”- garabateó algo en un papel-
“¿Una cualo?”
“Una fíbula de descarga. Es un trozo de goma que se debe colocar entre los dientes por las noches.”
“¿Un chupete?”
“Mas o menos.”
“¿Necesito chupete a los 43 años?”
“Hombre visto así...”
“Prf, bueno podría ser peor, ¿y dice que es por el estrés y la tensión?·
“Eso es.”
“Entonces el dolor de cuello de espalda, de riñones, de muñecas, de mandíbula y de ojos, es estrés.”
“Mayormente”
“Entiendo”. “Levántese y quítese la camisa.”- Me desnudé parcialmente y entonces el doctor se puso a golpearme con un martillito minúsculo en las muñecas, en el pecho, y en la espalda. Se centró en los hombros y me preguntó:
¿Le duele aquí? - Y golpeó un par de veces-
“Sí. Me duele como si me dieran repetidas veces con un pequeño martillo”
“Por favor Sr. Maza sea serio, la revisión médica de la empresa esta para vigilar su salud, y es un asunto importante”.
“Bueno, en realidad es para saber si puedo seguir trabajando a pesar de mi nivel de pochez actual” -no me escuchó-
“Ande bájese los pantalones. Vamos a ver a esa próstata.”
“Um, mire es que yo soy fiel de la secta yazidi.”
“¿Cómo dice?”
“Qué soy un Yazidi.”-Repetí-
“¿Yazedi? ¿Es una broma?"
“Huy, no señor, me ofende ¡Es mi Credo!”- me miró con extrañeza.-
“¿Bueno y este proceso de exploración le supone algún tipo de problema de Fe?”
“Pues hombre no mucho, yo lo digo por usted. Nosotros no podemos perder un solo pelo de nuestro cuerpo, de cualquier parte del cuerpo, y debemos lavarnos lo menos posible. Yo llevo ya un mes sin que el agua toque mi piel. No esta mal ¿verdad?”
“No se preocupe me pondré guantes y mascarilla si es necesario. ¿Hay algo más que deba saber sobre su religión?”
“Umm, pues no se..¡Ah! No podemos comer lechuga”. “¿No puede comer lechuga?”
“No, la lechuga es impura y además un alimento de nenazas, para ser sinceros. Fue uno de los preceptos que más me atrajo a la hora de convertirme.”
“La lechuga impura. ¿Y qué le metan a usted un dedo por el recto no le resulta impuro?”
“Si hay placer no. Ahora bien, si no es así, se considera una ofensa contra el honor, y las ofensas contra el honor se solucionan de forma expeditiva: Se coge al ofensor y se le apedrea hasta extirpar la culpa de su cuerpo.”
“¿Cuándo saben que la culpa abandona al ofensor?”
“Hombre, si no grita y no se mueve, es que ya no hay culpa.”
“Ajá.”-Dijo el doctor mirándome con pasmo. Se dio unos segundos de reflexión.-
“Bien Señor maza, dígame ¿siente alguna molestia al mingitar?"
“Pues no.”
“¿Dolores del algún tipo en esa zona?”
“Tampoco.”
“Entonces ya puede vestirse hemos terminado”.
“Muchas gracias doctor.”
Me puse la camisa y salí de la consulta silbando la garota de Ipanema.

Revontulet 16/05/0718:26



  • La PUCESH
Si eres cajero… estás jodido.
No lo digo yo, lo dicen las estadísticas, la cultura popular y el universo en general. Y no es necesario ponerse metafísico para llegar a la conclusión, simplemente se trata de un poco de observación y un poco de esa lógica aplastante que cultivan hasta los más acérrimos amigos del tumbing-splass, con un único callo en el extremo de su dedo pulgar derecho (o izquierdo para los zurdo-tumbingnómanos) expresión máxima de su meta en el mundo.
Las estadísticas dicen muchas cosas. O mejor dicho, vomitan datos y más datos, entre los cuales nadie criticaría que hasta las mentes más brillantes se ofuscasen y mirasen para otro lado como si esa extraña y finalmente descifrable rama matemática fuera un monstruo al que se ven incapaces de enfrentarse. Sin embargo algún que otro erudito, pirado, loco, alucinado o alucinante ser debe considerar esta rama como algo divino o ¿divertido? Porque muy a menudo nos encontramos con los limpios y ordenados porcentajes que han brotado como una patata, en las entrañas oscuras e impenetrables de los números.
Como decía las estadísticas dicen muchas cosas, a veces realmente demasiadas. Pero para el caso que nos ocupa bien podríamos centrarnos en dos o tres puntualizaciones que definen de una forma muy clara la aseveración tan clara y contundente del comienzo: Así dicen:
1.- Laboralmente los peor retribuidos (teniendo en cuenta el factor “estudios-posicionamiento organigramístico empresarial.
2.- Alta dosis de exposición al virus “populis-populae”. Con grandes probabilidades de ser receptor directo de: imprecaciones, malos humores, estornudos, viscosidades varias, entufadas o empaloperfumes, violencia verbal, y paliqueras profesionales; todo ello con la sempiterna sonrisa o blocksunrise, patentada hace unos años por un avispado vecino de Realejo el alto. Con consecuencias drásticas en la salud física y psíquica de dichos trabajadores.
3.-El síndrome del dios de la caja. Algo rimbombante para definir la responsabilidad máxima del cajero sobre el estado financiero de sus medios de pago. Allí no puede haber errores. Los errores se pagan. Cada vez más.
Así, estos pobres personajes, escoria sin pedirlo de la sociedad laboral en la que nos hallamos inmersos, se han convertido en seres necesitados, por lo cual he decidido fundar una ONG:
PUCESH (o Ponga Un Cajero En Su Hogar), la cual basará su centro de acción en el compromiso de escuchar sin alterarse las desventuras de tan augustas personas. El doble beneficio de esta “terapia” se observa en la mejora sustancial de los cajeros, que pueden dar rienda a su expresión facial de una forma natural e incluso abstenerse de saludar o dar los buenos días (Precepto que se hace conocer a todos los solidarios socios de esta ong) y por otro lado la satisfacción por parte de la familia acogedora al experimentar su demostrada superioridad en todos los aspectos.
Asique ¡adelante! ¡afíliese!. Conseguirá su boletín de inscripción en cuaquier caja de ahorros de su barrio, grandes superficies e incluso ¡en la tienda de la esquina!. No espere más y ¡llévese su propio cajero a casa! ¡no se arrepentirá!

YUYUWANA 16/05/0721:24



VOTACIONES DEL TINTERO CCXCV: Un cajero.
Votemos y elijamos los mejores a nuestro juicio.
3, 2 y 1 votos a los tres elegidos.
A las 0,00 horas haremos los recuentos oportunos y sabremos quién se ha alzado con el lauro.
Gracias a quienes participan y buen tino.

ANDRESNIPORESAS 17/05/0700:03


votos
Pocos que hay, y qué difícil es votar. Todos son muy buenos esta vez.
3) TAOTICO
2) MALDOROR
1) GEMMAYLA
Cinco puntos para Revontulet, Yuyuwana y Andresniporesas.

BLANKA-L 17/05/0708:24


votos de caja
BLANKA-L 3
Revontulent 2
YUYUWANA 1

gemmayla 17/05/0710:55


Votos míos, muy míos.
Yuyuwana....................3
Gemmayla...................2
Blanka.........................1
(Aviso: Me vuelven a robar el nick. Yo no he abierto ningún homenaje al galletas. ¡Qué cruz!)

ANDRESNIPORESAS 17/05/0715:23


Lo mios....
Niporesas un cero, Condedrako un cero, Vitriolo un cero.
Niporesas un cero.
Condedrako un cero.
Vitriolo un cero.

blasgalletas17/05/0715:27


mis votos
Maldoror...............3
Blanka.................2
andresniporesas....1
un abrazo para todos

taotico 17/05/0717:31


Hasta los mismisimos cajones.
Buenas tardes a todos menos al pestilente caballo de vapor, al hijo de la émula de Mesalina, al vástago de una polución nocturna de Ignatus, a la defecación de Gregorio Samsa transformado, a Smeagol tras siglos de posesión del Único ...
En fin.
TAOTICO - El Cajero - 3 Puntos.
YUYUWANA (siempre Alana) - La PUCESH - 2 Puntos.
BLANKA - La Ventana - 1 Punto.
Sean Job. O Sean Conery. Lo que uds. prefieran.

MALDOROR_ 17/05/0718:27


Votos!Ahí van:
Revontulet ...................... 3
Blanka.............................. 2
Taotico............................... 1
Saludiños y muy buenas letras a todos!!

YUYUWANA 17/05/0721:42


vo
Gemma----3 Yuyuwana---2 blanka---1

Revontulet 17/05/0723:41


RECUENTO DE VOTOS DEL T-295
Los resultados son los siguientes, salvo error.
Ganadora....BLANKA-L.......con 10 votos.
Finalista......YUYUWANA.....con 8 votos.
Accésit.....TAÓTICO........con 7 votos.
ETC.
Felicidades a los ganadores y que no decaiga.

ANDRESNIPORESAS 18/05/0700:04

sábado, 12 de mayo de 2007

294 Doble personalidad

Tintero Virtual: CERTAMEN nº 294
Como dicen los políticos, agradezco a todos y a todas (los que me votaron y los que no) su decisión, para seguir trabajando y resolver los problemas de los ciudadanos y ciudadanas.
¡Dios, hasta releerlo es asqueroso!
Bajemos a un terreno más humilde y sincero. Gracias. Es un placer dar salida a una nueva edición del Tintero, para lo cual propongo el siguiente motivo: DOBLE PERSONALIDAD.
Saludos.

jmlvfalco 04/05/0708:10


  • FIN
Todo se mueve ralentizado. El tiempo se acaba, llega la noche y yo muero.
Balbuceaba incoherencias en el alféizar de la ventana. Miraba al cielo y luego al suelo mientras mecía sus piernas que colgaban al vacío. Funambulista y actor que se tambalea sobre la cordura, pero esta vez sin las máscaras que su subconsciente forjó antaño. La ficción se había resquebrajado y la vida le resultaba demasiado cruda para aceptarla, nó, ya no podría, el mundo se presentaba ajeno e inmanejable. Era ya muy tarde, atrás quedaba el Yo y el él, atrás quedaba un cuento sin final, atrás quedaba la mentira y la realidad.
Demasiada heroína, no podía hablar. Pero quería decir a la ciudad muerta que pronto se reuniría con ella. Quería decirle que ya no sentía ni frío ni calor. Negro Blues fluía de su mente atravesando su cerebro podrido por las drogas, penetraba su cabeza buscando un solista en el coro de ecos dolorosos que era su memoria: Su familia perdida, la guerra, las masacres, la muerte, y su caída al infierno en vida... demasiados para que un solo recuerdo cantara su réquiem antes del fin definitivo. Quería terminar para siempre con el horrísono maelstrón de voces que devolvían su dolor igual que la marea trae los cadáveres desde ultramar. Se conformaba con que uno sólo, un solo recuerdo, por terrible y devastador que fuera, lo atormentara esa noche. El último recuerdo. La ola que barre el resto de olas. Un pensamiento que resumiera a los demás. Solo quería que ahora, en el momento de su muerte, sus demonios dejaran de gritar y le susurraran al unísono el secreto de su vida. Escuchó.
Y Callaron. Se hizo el silencio en la calle, el silencio se hizo en su interior. Escuchó a sus demonios. Los escuchó. Escuchó hasta que la madrugada anunció el inminente amanecer pintando de gris las sombras. Escuchó, pero no oyó nada. Nada. Oyó nada. Oyó la nada. Nada decían. No había secreto en su vida. Nadie cantaría para él. No había otra cosa en su pasado mas que dolor y... Nada. Esa era la verdad.
Amanecía. El sol nacía mientras él moría. Lo miró fijamente sin sentir dolor en sus ojos. Dejó que sus piernas resbalaran hacia abajo, luego su cadera, su espalda, luego todo su ser cayó hacia la nada. La nada de la que vino, la nada que fue, y la nada que sería.
La caída no fue todo lo limpia que debiera. Se golpeó en su vuelo contra balcones, árboles y alguna farola. No debió haberse dejado caer. Dejarse caer en vez de saltar... increíble, rey de cobardes entre los cobardes. En fin, ahora estaba tirado en el asfalto, con la sangre escapando de sus heridas como la vida escapaba de su alma.
Un solitario copo de nieve descendió iluminado por las primeras luces de la mañana. Bajó lentamente, vestido de luz, como un orgulloso abanderado en un desfile de nieve. Se posó en su frente... Lo notó... un beso de frío. Sus ojos no veían luz alguna, no había movimiento, ni sonido, ni dolor, solo...Frío. Un frío helador, constante, vasto como la mar. Un frío que se extendió suavemente por todos sus miembros, paralizándolos, fundiéndolos con el suelo... ¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía. Estaba preparado. La nieve comenzó a cubrir su cuerpo. Todo parece silencioso cuando los copos caen mansamente desde el cielo. El tiempo parece detenerse, el mundo parece querer dormir, parece desear descansar por fin, parece latir más lentamente, parece...
morir.

Revontulet 04/05/0711:51



  • El taxi
Marisa sabía que tenía que camuflar su personita exuberante de alguna manera y, a toda prisa, se echó encima una gabardina estrecha con manchas de café con leche y unas gafas negras-negras de playa, se alisó con agua su matojo de pelo amarillo, se ató un moño y sonrió. Ya estaba. Lisa como una buena espía. El botón de arriba de la gabardina no resistió la presión de los pechos y se cayó. El escote se abrió y los dos montes ceñidos por el suéter morado quedaron en entredicho. Qué colorido, qué potencia. Marisa frunció el ceño. No importaba, no podía perder tiempo.
Salió corriendo a buscar un taxi que la llevara hasta casa de su amigo. Había que aprovechar mientras él estuviera en el trabajo para ver quién era “la circunstancia” esa con la que vivía.
Un taxi dobló la esquina y se paró.
— ¿A dónde?
— ¡A la calle Torretas, veinticinco!
— Suba —le dijo el viejo, observando con ojillos contentos las piernas largas y gordezuelas de la chica que se escapaban de la gabardina hasta los muslos mientras ella trepaba al asiento. Le pareció un atisbo de bragas coloradas y él era muy sensible a la lencería. No pudo resistir la tentación—. ¿Hacemos una parada intermedia? Ya sabes, una cosita ligera en cualquier lado… Llevo tarjeta, si admites… —insinuó sonriendo.
— ¿Cómo dice? —se extrañó ella. ¿Cómo iba a hacer paradas, con la prisa que tenía?— Lléveme usted derecho y sin entretenernos, antes que empiece a llover.
— Usté dispense y disimule —el taxista se llevó la mano bajo la vieja gorra a cuadros y se rascó la oreja arrugada. Qué prisa tenían hoy día las mujeres de negocios, hasta las de "esos" negocios, hay que ver qué barbaridá… —. ¿A la calle Carretas, me ha dicho?
— ¡No, no! ¡TORRETAS! —le aclaró Marisa gritando. El hombre debía ser sordo y por eso le había entendido que la tenía que llevar a la calle de la putas, la conocida Carretas, centro del centro del ‘comercio justo’ de la ciudad. De ahí sus peculiares salidas de tono.
— ¡Oh, perdóneme! ¡Como la he visto así vestida! —el taxista volvió a echar una ojeada a las piernas hermosotas de Marisa con sus medias amarillas. Ella se tapó de un manotazo—. En fin, dispense.
Y cambió de dirección zigzagueando por el tráfico.
Marisa se recostó furiosa en el asiento. ¿Cómo que “así vestida”? ¿No iba bien? ¿No iba discreta? ¿No iba pasando desapercibida?
La gabardina café con leche se le ceñía a las curvas apretada y arrugadamente, con esa naturaleza desidiosa y burlona de las gabardinas viejas, y el trajecito morado cantaba por el escote y por la abertura de las piernas, y luego las gafas negras y las medias amarillas…
Marisa dejó escapar una lágrima. No, no iba bien. Eso es lo que le pasaba, que por mucho que ella fuese una chica maja, con buen corazón, trabajadora, siempre amable, incluso divertida… no dejaba de ser un poco macarrilla por la parte de fuera del aspecto, y los hombres finos, como su amigo, siempre preferían convivir con una “circunstancia” fría y tiesa como un maniquí de escaparate, una gata con uñas como navajas que le tenía a raya y le arañaba el alma cada vez que él intentase acercarse buscando calor, tan helada que él tenía que agenciarse una Marisa tonta en otra parte para llorarle sus penas… pero gata absolutamente presentable para los amigos.
La ciudad pasaba rápido, empezó a llover.

BLANKA-L 05/05/0711:31



  • Las dos almas
Siento mucho frío. Me siento extrañamente mal. Me pongo calcetines cuando hace escasos segundos andaba descalzo por la casa. Me visto con un pijama que parece un chándal, aunque detesto estas dos prendas y las considero las más aborrecibles de cuantas existen en un fondo de armario cualquiera.
Pero eso es lo desconcertante de esta siamesa personalidad dual que me atormenta y me habita. Lo que anhela una cabeza, lo aborrece la otra, como si dentro de mi pugnaran dos "yoes" hegemónicos en vez de áquel único que defiende el doctor Cardoso disertando ante Pereira sobre una supuesta confederación de almas dentro de cada uno de nosotros y un "ego hegemónico" luchando denodadamente por dominar en "Sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi.
Es más, yo no encuentro en mi tal confederación de almas. Mi personalidad es genuinamente maniquea ya que esos dos tipos que me poseen se expresan siempre en términos de bien y mal, lo que es correcto o incorrecto, lo que debe hacerse o no. Se eternizan discutiendo dentro de mi chola como si mi cerebro fuese un cuadrilátero en el que tienen lugar encarnizados torneos de combate y boxeo. Estos dos púgiles francamente me tiene más que harto. Él uno me asquea por débil, pusilánime y timorato. El otro por bravucón y pendenciero. Del primero temo sus inhibiciones. Del segundo sus aviesas y arteras conductas. ¿Cómo explicar a los demás que en realidad no me identifico con ninguno de los dos? El primero es el que ama a mi mujer, a mis hijos. Incluso perdona los desmanes de la suegra. El segundo planea matarlos a todos con nocturnidad, alevosía y pérfida traición, a sangre fría y sin piedad. Temo volverme loco.
Ahora están en boga los psicólogos y psiquiatras. Tal vez un día de estos me arme de valor y acuda a la consulta de algún loquero cualquiera, aunque sinceramente no creo que mi mal tenga cura y remedio.Vivir con estos dos tipos locos dentro de mi es una sinrazón absoluta. Antes consideraba a los demás mediocres. Ahora sencillamente los envidio porque los veo como personas normales. ¡Bendita normalidad! ¡Qué diera por ser como ellos!

gemmayla 05/05/0718:57



  • Las gemelas
LAS GEMELAS
Es de lo más patético. Quedar mal ante un grupo al que aprecias es como recibir un golpe fuerte en el estomago al mismo tiempo que aspiras el aire puro de la mañana. Contando con que sea puro, claro está. Llevaba algún tiempo anunciándoles que iba a participar en ese juego de titanes con la intención de dejar algo de mí, pero cuando cada noche dejaba en mi papelera la hoja del día vencido, la señal de lo pendiente permanecía inalterable.
¡De hoy no paso!, me dije. ¿Y qué digo?, me pregunté. Es ya la media tarde y anoche dormí mal: la mañana ya ha pasado y ha sido una de esas que pasan sin decirte nada. Mejor ignorarla; para qué, si luego no va a hablar de ti, y cuando tenga el móvil en sus manos te borrará de su agenda.
¡Es patético! ¿Habrá alguien más inútil que yo, que sin tener nada que decir, se atreva a decir algo?
Me vienen al recuerdo dos hermanas mellizas y de muy buen ver: una era de ciencias y la otra de letras. Y cuando tenían algún compromiso social, iba la que más convenía, según de qué fuera la cosa para quedar a gran altura, de acuerdo con su alta posición social. El recurso lo empleaban con frecuencia, como un don a utilizar, como las dos caras de una misma moneda, como una doble personalidad fraudulenta.
Cualquiera de las mellizas era genial, al menos es lo que se decía. Y aunque una era trágica, la otra sentimental. La primera tenía algo de alegre pero su hermana lacrimosa. Y pese a tantas sutilezas, lo hacían con tanta gracia y proverbial habilidad que nadie descubría el engaño. De ahí mi gran frustración, la de ser hijo único, porque de tener un hermano, y además escribir bien, en mi agenda no habrían cruces pendientes; y lo de patética, quedaría para esta mañana insociable, antipática y seca que ha pasado por mi vida sin decirme un amén.

nuki60 05/05/0723:09



  • Siempre te soñaré

Es el bueno quitar el anterior

-Te necesito mujer.
Y me asomo a la ventana esperando
Encontrar tu voz, pero no está.
Las ramas de los árboles
Como notas de un pentagrama te cantan
Escrito está en el viento que,
Aunque tú no estés,
Te amo y te amaré mujer.
Te deseo y te desearé
Y siempre te soñaré.
Laura encontró el poema sobre su cama. Lo leyó una y cien veces sin entender, pero en sus labios mantuvo una sonrisa. Se desnudó y acostándose le llamó.
-¿Vienes a la cama cariño?.
-Ahora voy Laura, quiero terminar hoy este libro.
Tumbada sobre su espalda, Laura cerró los ojos y pensó en él.
Cuatro años viviendo juntos; cuatro años de amor y odio, de paz y guerra, de días interminables de pasión que le compensaban aquel continuo cambio de carácter. Tantas noches sin volver. Tantos días viéndole llegar, con esa sonrisa bajo los rubios y despeinados cabellos que la dejaban indefensa y, sin excusas, sin respuestas, como olvidado el tiempo perdido, la tomaba en sus brazos y de nuevo, embriagada por su olor, su mirada, su pasión, se dejaba amar y amaba como nunca pensó que pudiera hacerlo.
Pensó en él. Diez años de experiencia le separaban. Amigo de su nueva amiga del trabajo, hombre culto, de letras, catedrático de Historia y sobre todo escritor. La vio, se acercó a ella y tomándola por el brazo le comentó al oído.
-Mucho has tardado en aparecer; ahora tendremos que recuperar el tiempo perdido- la miró a los ojos y por primera vez comprobó el efecto que en ella, a partir de ese momento, haría siempre su sonrisa.
Jugaron a enamorarse y Laura se enamoró. ¿El? Nunca pudo entrar en su mente, siempre cerrada a ella y a los demás, pero pudo comprobar cómo sus pensamientos volaban a enorme velocidad; vivía al doble de velocidad que ella, tocando infinitos temas al mismo tiempo, memoria prodigiosa hasta aquel primer día en el que, esperándole para cenar, no apareció. Lo hizo a los dos días y sonriéndole, la tomó entre sus brazos e hicieron el amor. Una, dos…
Comenzó un hormigueo en sus pies, al mismo tiempo que su espalda dejó de sentir la blandura del colchón y lentamente se fue durmiendo.
Javier terminó el libro y colocándolo cuidadosamente sobre la estantería se acercó al dormitorio. La vio dormida y sonrió mientras se acercaba a ella. Al hacerlo, pisó el papel donde le había escrito el poema y su cara, al comprobarlo, se transfiguró. Tomó el papel en su mano y arrugándolo como queriendo hacerlo desaparecer, lo tiró con violencia a un lado.
Se acercó a la cama y con su almohada le tapó la cara, presionando con todas sus fuerzas. Al minuto, el cuerpo de Laura comenzó a convulsionar, uno, dos, tres minutos largos duró el estertor de la muerte.
Terminada su obra, Javier salió del piso.
A la mañana siguiente, de nuevo entró en su casa y la llamó con cariño
-¿Laura, aun estás durmiendo…?

INCONGRUENTE1 06/05/0721:12




  • Un caso muy extraño
Julián, todavía adolescente, hacía 4 meses que salía con Lucía, y habían sido los 4 mejores meses de su vida. Lucía era su primera novia, y era encantadora, simpática, alegre, bella, cariñosa, romántica, su sueño de mujer de siempre. Salían a menudo y siempre era un día completo, redondo, días que ojalá nunca terminasen. Pero, siempre hay un pero, Julián, sin poder recordar exactamente cuándo, ni saber porqué, había notado que Lucía sufría de extraños cambios de humor o estado de ánimo.
Sí, unos días era la Lucía de siempre, y al día siguiente otra nueva Lucía, más triste, más distante, más fría, introspectiva, como tímida. Julián no lo lograba entender, pero a medida que pasaban los días, la historia se repetía y si ahora salía con Lucía la de siempre, al día siguiente salía con la nueva Lucía, la que casi no hablaba ni reía, ni quería jugar con él, y se mostraba distraída y fría. Pero al día siguiente del siguiente, volvía a ser Lucía la alegre, la cálida, la que le enamoró y a la que tanto quería. Y pasó un mes, y los días se sucedían así, y Julián no podía más, y decidió preguntarle a Lucía, en uno de sus buenos días, qué era lo que pasaba, a qué se debían esos cambios de ánimo o de humor, que si bien ahora eran menos pronunciados, seguían produciéndose, y si había algo que él no supiera y le quisiera contar. Lucía, sorprendida, añadió que sí, y le prometió a Julián una explicación. Sería el sábado, a las 12.00, en la cafetería donde se conocieron.
Y allí fue Julián, el día y la fecha previstos, y entró en la cafetería, y buscó a Lucía, y la encontró, y de repente, al verla, empezó a entender. Se sentó con ellas, y Lucía le presentó a su hermana gemela Lourdes, que le dijo, era muy tímida, y no tenía confianza en sí misma, y necesitaba su apoyo y su ayuda, y que es por eso, que algunos días, cuando Lucía no podía quedar con Julián, por los exámenes, era Lourdes la que acudía a la cita, para que así Lourdes, oculta bajo el disfraz de Lucía, perdiese su timidez con los hombres, y se acostumbrase a estar con ellos, y viese que no había nada que temer, y se abriese más a la vida y a disfrutar de ésta. Lucía le dijo que quería mucho a Lourdes, y que la apenaba mucho verla tan sola, tan insegura, y se le ocurrió la idea, pero que sentía mucho lo ocurrido, y que lo ocurrido no se volvería a repetir, y que le quería muchísimo a él, a Julián, y que todo volvería ser como antes. Julián, pensativo, absorto, miró a Lucía, y luego a Lourdes, y le preguntó a ésta última que todavía no había abierto la boca:
- ¿Y tú, Lourdes, me quieres? Di.
Y ella le respondió que sí, al principio algo tímida, pero luego más resuelta y sonriente, devolviéndole su mirada, y respondiendo a su apretón de manos con una caricia, y saliendo juntos del local, sin mirar más atrás.

indahaux 06/05/0723:21



  • Afeitarse sin espejo
Llega una edad en que no puedes permitirte el lujo de echar la vista atrás y arrepentirte. Más aún cuando al asomarte por una rendija de la puerta del pasado la boca se llena de un sabor amargo, el sabor del tiempo perdido y el aplazamiento constante.
Eso pensaba Luis el día de su cincuenta y cinco cumpleaños. Frente al espejo, las ocho y trece, el lavabo lleno y humeando, listo para la rutina de cada mañana. Entre el vaho estudiaba su rostro con detenimiento; intentaba reconstruir su cara de los veinte años pero era imposible. Al igual que era imposible detener su espíritu frente a la voluntad, el primero, con la fuerza de la derrota, se empeñaba en mortificarlo y la segunda, irresoluta y frágil, en huir hacia adelante. Un viento huracanado que jugaba a su antojo con las hojas de un árbol anciano.
Prejubilado. Mañana tendría tiempo para todo, y ese abismo de reflexión le producía un vértigo que lo tenía paralizado frente al espejo. Los pómulos caídos, las cejas pobladas de canas y una cicatriz en la mejilla derecha, único vestigio del pasado, un pasado limpio y ordenado, terriblemente tedioso, vacío. Una Cátedra, libros, ponencias, mesas redondas, admiración, respeto, elogios, críticas y después cuatro paredes en las que no hay nada más que un televisor mal sintonizado, demasiado polvo en las estanterías y el rastro viscoso y circular de una taza de café sobre la mesa.
Decía Borges que había cometido el peor de los pecados: no ser feliz, haber leído mucho y haber vivido poco. El bote de espuma rompió la devastación interior que asolaba a Luis. Se estrelló contra el espejo que, fragmentado, devolvió su imagen en decenas de miradas desoladas.
— Yo no seré Borges.
Abre los ojos e intuye en la penumbra las formas de su cuarto. Es domingo, pero da igual que fuera martes. Se levanta renqueante, entre los bramidos de aquella tos que no acaba de marcharse y con el peso del alcohol en la cabeza y en la lengua. Los oídos le zumban como un panal de abejas y a su mano le cuesta encontrar la luz de la mesilla, entre temblores y una vista cansada. Tan cansada que ha renunciado a verse. El lavabo humea de nuevo, diez años después. Es difícil afeitarse sin espejo pero ha logrado acostumbrarse. Ha aprendido a vivir de nuevo, una vida con nuevas pautas ordenadas al milímetro. Una peluca caoba y larga, medias y el bolso. Sólo faltan las llaves.
—Buenos días, Don Luis. —Hola Mario.
El portero es de lo pocos que no muestra espanto ni vergüenza. No ha perdido el tiempo en labrarse una reputación, en el enconado esfuerzo del decoro y las buenas costumbres, así que no se ha contaminado del espanto o la vergüenza de sus vecinos.
En el Parque del Oeste el sol cae a plomo. Se refugia bajo un plátano frondoso. En ocho años sólo ha hecho tres servicios, pero le gusta estar allí. Lo ama con todas sus fuerzas, estar entre aquellos hombres y mujeres, oír sus historias, su forma de contarlas, su despreocupación constante y la inconsciencia del fantasma de las apariencias, del riesgo e incluso de la muerte.
—¿Qué tal Don Luis, corazón mío? ¡Qué guapa viene hoy! ¡Y qué alegría en el cuerpo, mi amor! —Hola Yazira, gracias. Hace un día espléndido. ¿Qué tal tu hijo? ¿Lo sueltan o no? —Ay no sé, mi vida... Ya no sé, casi prefiero que lo dejen ahí, donde está. —No digas eso, mujer. Deberías hablar con él, ir a verlo. —Usted siempre tan amable, Don Luis. —¿Sabes, Yazira? Hoy cumplo sesenta y cinco años. ¿Qué te parece? —Que cada día está más guapa.
Luis sonríe, se apoya en el grueso tronco, cierra los ojos y respira la alegría de la vida.

PietroCrespi0 7/05/0711:53


  • El Tablero.
“EL TABLERO”
Le llamaban “El Tablero” porque su vida estaba formada de negro y blanco, de claro y oscuro. Los más cotillas del lugar hablaban de él con medias palabras, como para entendidos, tú ya me entiendes.
El caso es que "El Tablero" fue un grandísimo hijoputa en su actuación. Alguien debió decirle que el pasado nunca es del todo pasado porque está en cada uno y vuelve cuando alguien lo menciona. Pero nadie se lo dijo.
"El Tablero", un grandísimo hideputa, disfrutó cuando el dueño de su periódico apostó por él. ¿Cómo no iba a hacerlo si era su hijo bastardo? Ejercía como crítico literario. Sus críticas de libros, publicadas semanalmente en el Suplemento Literario bajo el seudónimo de "El Tablero", eran vitriolo puro, destilaban impotencia y frustración.
No se sabía de qué pero frustración al fin y al cabo. Su actitud respondía a aquello de si yo no por qué vosotros. No criticaba, destrozaba los argumentos de las novelas revelando la trama; no orientaba, marcaba con fuego. Nadie estaba exento de sus peores críticas que debidamente seudonimizadas llegaban al periódico con la anuencia de su putativo padre natural. ¡Qué iba a hacer él si todos hablaban del hideputa del crítico y eso aumentaba la tirada!
Pero, ay, el destino es juguetón. Un día alguien cometió el error, quizá aparente, de publicar su crítica con nombre y apellidos. El Tablero, desde entonces, desapareció del suplemento literario. Y la vida se le echó encima.
La vida del Tablero pasó inmediatamente a ser la de un fugitivo que se desplaza por las calles pegado a la pared de las casas y mira hacia atrás. Nadie le volvió a dirigir la palabra a pesar de sus permanentes disculpas, nadie le invitó a ninguna conferencia ni a tertulias literarias. Se convirtió en un tópico en las reuniones de los escritores: Eso no lo escribiría ni el Tablero.
Encaneció como una estopa, se escuchimizó como un sarmiento y sus ojos se hicieron huéspedes en sus cuencas. Los chiquillos lo zarandeaban al encontrarlo vagando en el parque andrajoso y orinado. Y hasta tuvo la mala suerte de que una paloma se le cagó en la frente.
Aún así urdió otra mentira para huir de su infamia. Fingió una ceguera que no tenía, compró un bastón blanco y caminó como un invidente. Le dio buen resultado de momento. Volvió a ser un desconocido.
Pero no le hizo falta fingir durante mucho tiempo. Su torpe caminar, fruto de la ceguera inexistente le llevó a sufrir un atropello mortal en un paso de cebra.
Nadie reclamó su cuerpo destrozado que sirvió para que los estudiantes de medicina bromearan con sus órganos genitales, ridículos, por supuesto.

ANDRESNIPORESAS 09/05/0718:35



  • “EL DOCTOR PATOSO Y MR. GARDEL”
El patoso de Pat Oso y Salazar y la bella Gertrudis Iturralde Guimaraes se habían conocido meses atrás cuando el primero, tras tropezar en el andén del tren había incrustado sus conejunos incisivos en los nuevos zapatos de cachemira de la segunda. Es curioso como una visita al zapatero de guardia y a un ortodoncista jubilado pueden unir tanto, pero lo cierto es que al cabo de unas semanas ya tenían fijada fecha para su boda religiosa. Por fin la bella Gertrudis haría realidad el sueño que le había perseguido desde su más tierna infancia: bailar un tango, a los acordes del “Borriquito como tú” el de día de su boda y, a ser posible, con su esposo.
Aunque al patoso de Pat Oso no le atraía nada aquello del bailoteo, ya que tenía los pies más planos que el encefalograma de una mortadela de pavo, lo cierto es que como bien dice el sabio refranero español “Más tiran dos ... que dos carretas”, así que terminó por sucumbir a los deseos de su amada y se matriculó en una “Escuela de bailes de salón, populares, modernos y subacuáticos”. Dicho establecimiento contaba con un gran prestigio entre los miembros más insignes de la farándula y era regentado por un otrora tanguero de fama internacional de nombre artístico “El pibe de las pardelas”, por su pasmosa facilidad para imitar, mientras bailaba el tango, el graznido de tales aves con la única ayuda de la cuenca de su ombligo.
Ya desde los primeros pasos que el patoso de Pat Oso dio a los compases del “El Lago de los Cisnes” el avispado profesor advirtió la enorme “cruz” que le había tocado cargar sobre sus enclenques hombros. Y, con la característica suavidad y tacto latinoamericanos le dijo:
-¿Qué pasa con vos, boludo?, ¡Tenés menos ritmo que las bragas de mi vieja!, ¡La piba no es pa pisála!, ¡No pisála!, ¡Acompañála!, ¡Acompañála!...
Pero todo cambió cuando el patoso de Pat Oso comenzó a practicar el tango. Fue en ese momento cuando “El pibe de las pardelas”, que perdía más aceite que el coche de Colombo, quedó prendado con su movimiento pélvico y no pudo más que, mientras se arrojaba a sus brazos, gritar a los cuatro vientos: ¡Pendejo!, ¡Que grande el enano!, ¡Vos sos mi Gardel!, ¡Éste.... todavía me tiemblan las cani”ll”as con semejante movimiento!, ¡Repetílo!, ¡Repetílo!
Lo último que se supo de ellos es que en una oscura noche se fugaron de la ciudad. Montaron un espectáculo de tango sobre hielo conocido como “El plantígrado Gardel y la piba de las pardelas” que fue representado en los principales cruceros de lujo que surcaron los mares del Sur.
Por lo que se refiere a la bella Gertrudis por fin hizo su sueño realidad. Cansada de esperar ante el altar al hombre de su vida, asió por la pechera al fornido cura del barrio y se marcaron un maravilloso tango a los acordes del “Borriquito como tú”. Hay quien dice que tras aquello el pueblo quedó sin cura, y la bella Gertrudis y su nuevo amor montaron un espectáculo musical conocido como “La bella y el bestia”, donde bailaban tango hasta el amanecer.

EXLUCIFER666 09/05/0720:03



  • RECUENTO DE VOTOS DEL T-294: Doble personalidad.

Salvo error u omisión, el recuento arroja los siguientes resultados:
Ganador: EXLUCIFER..........17 VOTOS
Finalista: BLANKA-L............10 votos.
Accésit: Pietro Crespi...........8 votos.
Enhorabuena a los vencedores y que nos pongan tema antes de que acabemos con la cosecha del 86...
Buenas Letras y a comentar.

ANDRESNIPORESAS 11/05/0700:05

viernes, 11 de mayo de 2007

CCXLIII.- La merienda

TINTERO VIRTUAL CCXLIII.- La merienda
Muy buenas noches y muchas gracias por los votos. Bocadillos, bebidas, fruta y golosinas para todos.
Eso es lo que merendábamos de pequeños.
Esta semana, con tantos festivos, tiene que ser un tema fácil o no habrá quien participe.
Y tranquilo, con tila si hace falta, valeriana, sales, aguas medicinales, cosas quinadas... todo aquello que nos daban con el pan y el chocolate.
Bueno, que el que salga de puente lo pase fenomenal y a los demás no nos olvide.

BLANKA-L 27/04/0701:16



  • La merienda de Merceditas
Cuando era chica, mi madre me preparaba dos rebanadas de pan con aceite de oliva y media tableta de chocolate negro Nestlé para merendar. Lo envolvía todo en papel de estraza y lo metía en una bolsita de tela de cuadritos azul celeste - (azules celestes)* -.
A la hora del recreo no conocía dicha mayor que sentarme en un rincón del patio a degustar aquel delicioso manjar. Me demoraba tanto masticando la rebanada de pan, rumiando mis cosas de entelequia infantil, paladeando aquella porción de rico chocolate, que muchos días olvidaba que el objeto y fin de un receso o recreo en un colegio cualquiera es jugar y jugar, merendar raudo, casi atragantándose y seguir jugando. La merienda, mi merienda no transcurría como la de las demás niñas. No comportarse como los demás suele costar un precio y a mi me tocó pagar el mío.
A mediados de curso de primero de primaria apareció una niña muy díscola y desagradable, de ésas que venían al mundo como ángeles caídos y se encarnaron en pequeños vástagos de Satanás. La tipeja ésa se fijó en mi desde un primer momento a la hora del recreo. Yo cursaba el segundo curso de educación infantil. Estaba en franca desventaja frente aquel mastodonte de la puericia. Se acercó a mi, desafiante, con una cara de puerco, ávido de chocolate y pan con aceite sin precedentes en la historia de la avidez porcina. Me espetó sin preámbulo alguno, que "o le daba mi merienda ahora mismo o me iba a tirar de las coletas esas ridículas que me colgaban de las orejas". No sé si me dolió más que me arrebatara sin piedad la tableta de chocolate y el pan pringoso o el insulto denigrante referido a mi cándido peinado. Aclaro que mi madre, la pobre, llegaba tarde todos los días a la fábrica de embalajes con la consiguiente reprimenda del encargado, por vestirme, peinarme las coletas a conciencia con mucha colonia Nenuco, sendas gomas elásticas de los envoltorios de las hueveras y lazos del color verde conjuntadas con la uniformidad. Encontré un recurso siempre infalible en estos apurados casos. Rompí a llorar. Lás lágrimas me brotaban hasta de las coletas. Las lágrimas intimidan a los demonios más que el agua bendita. El mostrenco me agarró de una de las coletas y tirando con fuerza me amenazó con volver al día siguiente. Quería doble ración de pan y triple de chocolate. "¡Cállate, mocosa asquerosa. como sigas llorando te parto la cara!"
No sabía cómo explicar a mi profesora, a mis compañeras y luego a mi madre cuando vino a recogerme al colegio que si no me presentaba al día siguiente con una merienda para dos, pero que en realizad se zamparía una, mejor pretextar cualquier cosa, fingir un dolor de tripa y no acudir a clase, porque peligraba mi integridad física, y la paz en mis horas de recreo había llegado a su fin.
Afortunadamente mi madre, sagaz y astuta como la mayor parte de las madres del mundo, se dió cuenta del rosetón que tenía en la oreja y de la coleta despeinada, siempre hasta entonces relamida y peinada aunque me hubiese pasado un tanque por encima. El interrogatorio materno al que me sometió me sacó en un pispás toda la información que ella precisaba, para pedir permiso al encargado de la fábrica de embalajes y llegar mucho más tarde de lo habitual al trabajo. Lo primero y principal para mi madre eran los intereses y el bienestar de su hija. Cuando llegamos a la puerta del colegio mi madre vió a la niña causante de mis estragos. Me soltó de la mano y se dirigió enfilada a ella.
Aún ahora me pregunto qué le dijo mi madre a la prenda para que me dejase en paz a partir de aquel instante. Yo por si acaso le pedí a mi madre que me llevase a la peluquería para cortarme las coletas. Su encargado me lo agradecería, supongo.

gemmayla 27/04/0711:13




  • Una estampa de color.
La tarde cae sobre el patio blanco. El agua corre cerca y en la placidez de las sombras, bajo los geranios rojos, duerme mi abuela. Sostiene entre sus manos arrugadas la amarillenta fotografía de un soldado. En las fachadas blancas de cal, las ventanas verdes están abiertas de par en par. De nuevo el rumor sereno del agua se deja sentir. Cerca de la abuela, a sus pies, descansa un perro viejo. Hay un aljibe en mitad del patio y muchos helechos que dan sombra. El corredor comienza tras la delgada cortina. La cocina está al fondo donde corretean los niños alrededor de mamá como lobos hambrientos. Sobre la mesa vestida con mantel a cuadros están el pan y el queso, y más allá, tejiendo sueños, mi abuelo el señor general; con su bastón y su sombrero calentando en su mano un vaso carmesí a medio beber. Una niña morena baja del piso de arriba y se sienta a la mesa con la mirada ausente, aferrando fuertemente la carta que guarda en el bolsillo. Sobre el mantel, como si de un baile se tratase, los platillos hacen acto de presencia. Del patio regresa la abuela seguida de cerca por Sultán. El abuelo se espabila para vaciar de un sólo trago el vaso carmesí. Las almendras saladas comparten bandeja con los dátiles. Entonces llega la jauría voceando a la par: ¡Por fin llegó la hora de merendar!
El abuelo parte el pan con las manos. Mamá acerca el dulce de membrillo y las aceitunas. La abuela bebe a sorbitos su café mientras sonríe a la niña morena con divertida complicidad. Y yo los observo desde el salón mientras trato de retomar el hilo de mi relato justo en el momento en que aparecen, en este orden, la lata de galletas inglesas y mamá, que me despeina con cariño antes de desaparecer rumbo a la cocina. A través de las grandes ventanas, allí donde vuelan mis pensamientos, las nubes corren y pelean tropezándose unas con otras. Llegan las vecinas y como quien no quiere la cosa se instalan en las mejores sillas. Café y dulces Horchata de chufa y un sorbito de vino dulce. Cuando decae la algarabía Sultán merodea entre los restos y es reprendido por el bastón del abuelo. Los niños, que no han parado de correr de un lado a otro, se marchan tras el perro. La abuela se despide de las vecinas y retorna al patio donde ha dejado en un montoncito las fotografías viejas. Es entonces cuando el abuelo se reúne con la silla azul añil que paciente sestea en la fachada, y se sienta a esperar al fresco de la noche que ya llega rondando por los callejones. Se oye entonces un silbo e inmediatamente después una silla cae. Mamá y las dos vecinas murmuran cuando la niña, veloz, se pierde en el zaguán de mayólica azul cobalto. Apenas unos minutos después papá llega reventado de la obra, con la camisa blanca arremangada y sucia, acompañado por Don Patricio que con su idiosincrasia latina va repartiendo piropos entre las mujeres. Los dos fuman un puro al tiempo que pican de aquí y allá, hablando a grandes voces. Las vecinas se van con las barrigas llenas y mamá comienza a fregar los platos con resignación.
La merienda queda atrás. Más tarde, mucho más tarde, se oye ladrar al perro y las dos voces infantiles trasteando afuera. La abuela reaparece cargada de melancolía seguida de la niña enamorada, que resuelto su mal de amores sonríe feliz. Don Patricio se acomoda en un sillón, estrechándome la mano con desmesurada calidez. Todos encuentran su hueco en el salón porque cuando llega la noche, el barrio entero se detiene para escuchar a mi padre tocar la guitarra. Abandonando de mala manera el relato, suelto mi estilográfica y me acomodo entre los cojines, y espero ver aparecer a mi padre abrazado a su guitarra española. Por soleares. Con maestría y sentimiento. Pulso a pulso, guitarra y corazón. Enmudece la noche porque en el callejón de Dos Cantos hasta Dios contiene la respiración.

http://www.youtube.com/watch?v=SPHlwNdTpU4

espejodevanidad 28/04/0717:21




  • MOSQUITOS Y HORMIGAS.
Mientras comíamos un bocadillo de tortilla de patatas con chorizo, Angelito se acercó al tronco de un chopo, se bajó los pantalones y se orinó en la mano izquierda.
Nos quedamos con la boca abierta, interrumpida la masticación, y con la vista fija en la madre de Angelito esperando su reacción.
Terminada la micción, Angelito se subió los pantalones con una mano, se acercó a su madre y le dijo “mamá, átame el cinturón”. Lo dijo con aplomo impropio de un niño de 7 años.
Nos quedamos todos como estatuas de papel maché, quietos, sin pronunciar palabra. Fue la madre la que rompió el silencio y la escena: “Angelito, por qué te has orinado en la mano, hijo”. La respuesta fue rápida: “Es que me ha picado un mosquito y como no tenemos amoniaco…”
El grupo estalló en una carcajada entre admirativa y burlona. Alguien hizo gesto como de ir al tronco de un árbol, bajarse la cremallera y hacerse pis en un pie. También hubo quien, más grosero, valoró la dificultad que tendría Angelito si en vez de ser niño fuera niña. No hizo la menor gracia su observación y se tuvo que oír apelativos como machista, misógino, carcamal.
Al sacar los helados de la nevera portátil estaban derretidos, eran un chocolate pastoso, derretido. Nadie los quiso. Los pasteles también habían sido invadidos por las hormigas. Alguien comentó que las aplicadas hormigas eran un bocado exquisito. “Pues cómetelas tú”, le dijo otro.
Terminada la merienda nos tumbamos sobre la hierba, decúbito supino, y jugamos a contar nubes. “¿A ver quién encuentra un caballo?” “¿A ver si veis una palmera?” “Mirad, allí hay un cerdito”. Y así dejando volar la imaginación reíamos y discutíamos sobre las formas de las nubes, esos algodones inquietos que “no engañan” sobre la limpieza brillante del cielo azul celeste.
Nada especial, nada trascendente; sólo una tarde de san Marcos de merienda en el campo, como es costumbre en el pueblo, desde que se construyó la ermita en su honor porque según dice la tradición liberó de la peste bubónica a sus habitantes.
Hoy, aquel chico que se orinó en la mano a falta de amoníaco, está casado con Marieta, la niña que se moría de risa cuando lo vio.

ANDRESNIPORESAS 30/04/0719:30




  • UNA HISTORIA DE HACE YA MUCHOS AÑOS
(Aunque sea muy extenso lo voy a colocar, como homenaje a mi madre)

Unas noches antes, de aquél Domingo de Mayo de hace ya bastantes años, María cogía de nuevo el estuche de lata que antes había servido como envase de la carne membrillo. Aquella caja tenía algo especial para mí, era como si mi madre tuviese en ella clausurada algo de su fantasía. Me encantaba ver la cantidad de hilos, agujas y botones que guardaba dentro, para remendar una prenda, recomponerla, o transformarla en otra más pequeña. Las camisas de mi hermano mayor pasaban a mí, siempre que estuviesen en condiciones. María tenía la habilidad de quitarle un par de tallas en dos noches. Con los pantalones hacía magia de creatividad, los largos los convertía en cortos con cambio de bolsillos además.
Aquella noche de un mes de Mayo de hace ya muchos años, comenzó Maria a hacer patrones con tela blanca, comenzó a confeccionar mi traje para la comunión. En casa de la señora había visto, en una revista, uno que le gustó y lo dejó grabado en su mente. María no sabía leer ni escribir, pero era muy inteligente. Aquella noche marcó sobre la tela los trazos para su corte.
_ ¿Qué haces mamá? – le pregunté yo.
_ Tu traje de comunión, hijo. – Me contestó ella con una sonrisa amplia, como su corazón.
Sentado cerca de la mesa donde ella cortaba la tela, miraba fijamente todo lo que hacía con las tijeras, hilos, y agujas.
_ ¡Que lista eres mamá! – Le dije lleno de emoción.
Me besó y seguidamente me acostó. Era ya muy tarde y debía madrugar para ir a la escuela. Para ella, nunca había hora para su sueño.
Dos noches antes de aquél Domingo de mayo de hace ya muchos años, María me probaba el traje de comunión. Delante de un amplio espejo observaba sobre mi cuerpo aquél bonito traje de marinero, decorado con un amplio cordón dorado. María lo había confeccionado con hilos extraídos de una prenda eclesiástica. Fue un regalo del Párroco por estar algo deteriorada.
Levanté algo mi vista y observé como mi madre, a pesar de estar sonriendo y contenta, lloraba.
_ ¿Por qué lloras mamá? – Le pregunté – (Siempre he sido una persona preguntona, quizás por eso, he aprendido más en la vida preguntando y escuchando, que leyendo).
_ ¡Mira hijo!. El traje lo tenemos ya. Ahora toca solucionar las fotos y no hay en estos momentos dinero.
En aquellas fechas mi padre estaba trabajando en Francia como tractorista en la recogida de remolachas. Llevaba ya unos años desplazándose al País vecino durante la primavera y el verano. Era la mejor forma de tener para comer todo el año. En el pueblo, por aquellos años, no había apenas trabajo para todos los hombres. Si llovía no trabajaban, si no trabajaban no comían, si los padres no comían no les preocupaban, pero si les afectaban a sus hijos no lo soportaban.
Mientras que su marido estaba en Francia, María trabajaba limpiando en casas de los señores, y en algunas ocasiones en el campo, con lo poco que ganaba se apañaba para dar de comer a sus cuatro hijos y vestirlos. Por la mañana salía temprano de casa. Al medio día, cuando mis hermanos y yo volvíamos del colegio estaba en casa preparando la comida. Después de comer, de nuevo al colegio y ella a limpiar a las casas. Por la tarde al volver de nuevo del colegio nos encontrábamos la merienda sobre la mesa, una rebanada de pan moreno y dos onzas de chocolate negro de la marca “Eureka”. Mas tarde Maria llegaba fatigada y cansada, sin apenas aliento, pero aún así no desfallecía, dejaba en la alacena cuatro cosillas que había comprado en la tienda y nos ayudaba a lavarnos con agua de una palangana. Al terminar preparaba la cena y seguidamente nos acostaba.

Aquél Domingo de un mes de Mayo de hace ya muchos años, amaneció soleado y claro. María me levantó muy temprano, la misa era a las diez y debíamos estar en la Iglesia una hora antes para que la Señorita nos diese las instrucciones que debíamos cumplir a rajatabla los niños y niñas de mi colegio, en la ceremonia de la comunión.
Me puso el traje blanco de marinero y unos zapatos blancos que me había comprado. Mas tarde, me enfundó unos guantes blancos en mis manos, me colocó en la izquierda un misal y un rosario. Antes de salir me roció colonia por todo el cuerpo y me remató el peinado de estilo “Marcelino”. Mas que en mí me fijé en lo bien vestidos que estaban mis hermanos, pero sobre todo en lo guapa que se había puesto mi madre. Me acordaba de mi padre, sabía que ese día lo estaría pasando mal por no poder estar a mi lado. Maria para mí hacía de madre y padre, con tenerla a mi lado ya era reconfortante.
Poco antes de las nueve, salimos de casa, calle arriba hasta la plaza de la Iglesia, como un cortejo familiar de la mano de mi madre y mis hermanos detrás. Los vecinos salían de sus portales para verme y decirme: ¡Que guapo vas!.
Llegamos a la Iglesia y María me dejó junto con los demás niños y niñas, bajo tutela de la Señorita. En un salón contiguo a la Iglesia, nos dio las instrucciones de cómo debíamos comportarnos y actuar durante la misa. La Señorita también estaba muy guapa, se había puesto sus mejores prendas aquél día. He de reconocer que aquella joven muchacha siempre la había visto guapa, hoy reconozco que lo mío era un amor infantil hacía mi profesora. Recuerdo como sentía mucho enfado cuando en el portal de su casa la veía besarse con su novio. Cuando pasaba eso, luego en clase la miraba algunos días con enfado. La quería tanto, que el enfado se me pasaba en el momento que ella me daba alguna caricia. Sentir sus manos sobre mi pelo o cara representaba para mí amor.
A los pocos minutos, salíamos todos los niños y niñas en cortejo hacia los primeros bancos de la Iglesia. Marchábamos en pareja, un niño y una niña, por el pasillo central del templo. Mientras caminaba, observaba que las familias estaban emocionadas, todas sentadas tras los bancos reservados para los niños de comunión. En uno se encontraba mi madre y mis hermanos. Era el único banco donde no había padre, pero allí estaba Maria sentada haciendo de padre y madre.
Durante la misa estuvimos todos los niños muy formalitos atentos a cualquier orden que nos diese la Señorita. Recuerdo que todo aquello fue un rictus, cuyo fin era darnos una ostia a cada uno. Antes de la comunión el cura nos dio un sermón. Nos hizo ver que lo que nos iba a dar era el cuerpo de Cristo. Ante aquella confirmación, me quedé muy pensativo, hasta llegué a tener algo de miedo, porque pensaba que si luego bebía agua y la ostia esponjaba, Cristo iba reventar mi barriga.
Eran las doce de una mañana de un Domingo de Mayo de hace ya muchos años, cuando salíamos al atrio de la Iglesia, comenzamos a ser besados por todos los familiares. Allí ante un pórtico con muchas flores el fotógrafo del pueblo comenzó a hacer fotos a algunos niños, precedido por una orden de los padres. Maria me miraba a la vez que aguantaba las lágrimas. Yo en ese momento no entendía porque lloraba mi madre, la miraba fijamente mientras ella dialogaba con el fotógrafo. La conversación no duró mucho tiempo. Al instante mi madre me cogió de la mano y me colocó también bajo aquél pórtico de flores y me hicieron las fotos.

Al medido día, cada familia salió a celebrar el acontecimiento como mejor podía. Nosotros nos fuimos a casa y comimos como un día cualquiera. Por la tarde recuerdo que mi madre me vistió de nuevo de comunión para hacer un recorrido por todo el pueblo de visitas a familiares.
“¿Qué guapo estás?”- Me decían gritando en cualquier casa donde acudía.
Un beso y una moneda de regalo. Un duro, dos, o como mucho tres, en los sitios mas adinerado. Cuando salíamos de la casa, en plena calle, le entregaba las monedas a mi madre. Ella las guardaba cuidadosamente en su bolso. Al cano de unas horas, descansamos un rato en un banco de unos jardines del pueblo. Mi madre aprovechó la parada y contó las monedas, ante la miraba atenta de mis hermanos y mía.
_¡Vaya, no esperaba tanto!- Expresó mi madre con sorpresa.
_ ¿Cuánto hemos recogido, mamá?_ Pregunté de inmediato.
_ Aquí hay ochenta y cinco pesetas._ ¿Qué hacemos?
Supe que aquella pregunta era dirigida a mí, por lo que de inmediato le dije a mi madre que cuarenta pesetas eran para pagar las fotos y el resto por la compra de la tela del traje comunión. Recuerdo como mis hermanos callaron y no dijeron nada, pero mi madre me preguntó como sabía que las fotos eran cuarenta pesetas y que las debía. Le expliqué que cuando hablaba con el fotógrafo puse toda atención en la conversación por lo que supe que le propuso pagarle las fotos en cuanto llegase mi padre de Francia.
Mi madre aceptó el pago de las fotos, sin embargo como la tela estaba pagada, con las otras cuarenta y cinco pesetas nos sirvió una merienda a base de dulces y “Cola Cao” en la confitería del pueblo. Aquella fue mi mejor merienda.
PD.- Hoy día veo mi foto de comunión y veo el valor que tiene

erkaytano 30/04/0720:48




  • Los jueves, milagro
Mi merienda escolar favorita (de hecho, la única que comía en toda la semana) era el bocadillo de mantequilla con azúcar. En realidad no era ni siquiera un bocadillo, porque constaba sólo de una rebanada de pan, untada con una gruesa capa de mantequilla, sobre la que discurrían, anárquicos, algunos regueros de azúcar. Esta delicia tocaba los jueves y ya desde la mañana (aunque comprendo que esto podría ser mera sugestión) se desparramaba por toda la escuela el olor inconfundible de la mantequilla y hasta el aire sabía a azúcar.
Los lunes, chocolate, un pedazo de cacao más bien áspero y amargo. Martes, mortadela, ese jamón para pobres. No recuerdo de qué era el bocadillo de los miércoles y no estoy seguro de que el viernes nos diesen alguno. Bajábamos por la gran escalera de madera rechinante como una marabunta y sospecho que no colocaban el canasto de los bocadillos por temor a que lo chafase nuestro desaforado avance. Aquel vetusto entramado de juncos y cáñamo que guardaba trocitos de corteza de pan, como vestigios de una historia que nadie escribiría.
La mantequilla no está de moda. Tuvo su tiempo, por una afamada película de Bertolucci, pero luego vinieron los puritanos de la salud, parapetados tras ese fantasma llamado colesterol, y la encerrarom junto con otros placeres prohibidos. Qué sabrán ellos, que no pueden ni imaginar el gusto sublime de aquella masa intensamente amarilla, compuesta de minúsculas bolitas de pura grasa, cubierta apenas por un velo de azúcar, como una adolescente al tiempo pudorosa y procaz. Había que ver los incisivos del Fofi, mi compañero de pupitre, hundiéndose en la mantequilla como si unas arenas movedizas quisieran comérselo entero y su caballo árabe no pudiese rescatarlo. El Fofi, que venía de hacer el ridículo en la clase de música, cuando cantábamos a coro un estribillo y, a la indicación de bis, los demás repetíamos el fragmento mientras que él se desgañitaba cantando ¡BI-IS!, como otra parte de la letra. Cero en canto, pero en paladear mantequilla no tenía rival.
En una ocasión se me cayó la rebanada de pan con mantequilla, naturalmente boca abajo, como prescriben los cánones de la desgracia. Volví desesperado al canasto, pero ya no quedaban muestras del manjar, y decidí comerme la rebanada caída, abrazando la tímida esperanza de que el azúcar hubiese frenado el ataque de la suciedad. Pero otro alumno menos escrupuloso (y más rápido de reflejos) había recogido la rebanada y ya la tenía prácticamente engullida: por la comisura izquierda le asomaba el prodigio de una lengua amarilla y otra lengua carnosa, la de siempre, dibujó un trazo de guadaña, de derecha a izquierda, para rebañar la excrecencia contra natura, y el alumno recobró la facultad del habla aunque continuó con los ojos en blanco durante unos segundos.
Dudo mucho que el Fofi o el arrojado roba-mantequillas hayan muerto a causa del colesterol, pero yo sí estoy menos vivo que entonces. La línea del horizonte ya no es una frontera estanca, sino una débil irregularidad del paisaje. Ya sé que esto refleja un decaimiento de mi agudeza visual, pero sucede que la mantequilla retrocede ante la basura cursi llamada margarina, y constato entonces que no sólo decaigo yo, sino todo cuanto me rodea. Ya no formo parte de una marabunta que se abalanza sobre bocadillos de mantequilla con la certeza pueril de que nada malo puede ocurrir y a veces me atenaza la convicción de que todo es extraño o deleznable, o al menos indigno de ser comparado con el grosor divino de aquellas túnicas de mantequilla. Porque el Fofi llamaba al bocadillo de los jueves la túnica sagrada, y el tipo cantaba fatal, pero en materia de mantequilla era un filósofo imprescindible.
No sé dónde fue el canasto de las meriendas, aunque me gusta pensar que un perfumista avezado todavía podría detectar el finísimo aroma de mantequilla y azúcar que todos los jueves me azuzaba como una promesa.

jmlvfalco 30/04/0722:09




  • MERIENDA EN EL MAUSOLEO
Tarde de Julio en el sur; hora de toros y solana. Como en procesión, saharianas blancas y tostadas sobre pantalones de tergal a mil rayas y rematados por sombreros de paja, colocados según genes y vivencias, van entrando en el mausoleo.
Puertas para gigantes abren la marmolada del palacio moro que fue, hoy merendero de reconocido prestigio y lugar de reunión de los señores del pueblo. Casino quizás, aunque abierto a todos.
Suenan al entrar los tacones de cuero de los blancos zapatos, unos de piel, otros de arpillera, según comodidad o sudor, quedando perdidos en el marmóreo espejo que suelo, paredes y columnas forman el fresco mausoleo.
Y sobre ellos no está el cielo; cubre el enorme patio una montera de plomo, vidrio y hierro. Invento de aquellos moros que durante tantos años poblaron y disfrutaron estos predios. Entra la luz, pero no el calor, ni el agua, que ya está dentro, pero donde debe estar, correteando entre el mármol, regando flores y plantas y cantándoles una nana a aquellos que, merendada la tarde, descansan sus cuerpos.
Patio andaluz de flores lleno, de mármol puro, de uso árabe, regado por rectilíneos canalillos por donde el agua corre despreocupada, transparente y fresca, humedeciendo el ambiente; única con derecho a sonar en el silencioso mundo del mausoleo. Entre columnas y parterres, mesas de mármol y hierro; sillas hamacadas donde sentar el calor y, descansado el sudor, refrescar la garganta con infusiones de té verde mandarina, espíritu de arándanos, té rojo africano o indio, té de kombucha; café de Colombia o Brasil, Mozambiqueño o Porteño; manzanilla, camomila que aromatiza el patio, hierbas tepache o kéfir de agua; también se puede servir carcadé de hibisco. Y como no, té verde a la menta, quizás dejado por los moros que moraron aquellos tiempos. Tantos aromas juntos, tan densos que adormecen la memoria, relajan los viejos músculos y ceden los cansados párpados, como las viejas persianas de los vencidos balcones de los caseríos que antaño fueran mansiones.
Sobre las mesas y al alcance de sus apetitos, bandejas repujadas de plata, que protegidas por hermosísimos paños de encaje, portan pastas y bombones, dátiles y frutos secos, pequeños, fáciles de comer, que no hay que cansar al “Señor”, las tardes no son para eso.
Algún periódico suelto, ocultando losetas de mármol rotas, caídos de manos muertas, adormecidas por el aroma, la edad y el silencio.
Y así transcurre la tarde, lenta, liviana, lánguida, sin esfuerzo; esperando que las horas vayan minando la fuerza y la luz del implacable sol del verano andaluz, soportable porque, antaño, unos moriscos sabios inventaron un lugar donde merendar las tardes del estío sureño.

INCONGRUENTE1 30/04/0722:40




  • No respires
La parejita iba por el camino de tierra junto al río. La tarde era agradable, las lluvias lo habían puesto todo perdido de flores, las colinas eran suaves, los árboles eran altos y frescos y el tren corría hacia las montañas azules por encima del puente, haciendo más ruido todavía que los miles de pájaros de primavera de postal.
Juan bajó la voz.
—¿Sabes que ese puente —dijo misterioso—… que ese puente del tren tiene eco?
—Ah —le contestó Eloísa distraída. Docenas de parejas habían salido al río, como ellos, y buscaban banco para comerse la merienda. La paz sorprendía a la urbanita Eloísa, alta y sofisticada, vestida para su paseo dominguero de Mirotin Pour L’Esport, chic, con un encanto a prueba de barro y de chubascos.
La paz tenía para Eloísa un no sé qué peligroso. Podía atropellarlos una bicicleta o una de aquellas parejas podía iniciar una reyerta sangrienta como se veía en los periódicos, porque la gente era así, bronca, irracional, sorprendente… Gente de barrio trasplantada a la orilla del río con sus pasiones y sus tortillas, con sus niños, sus perros y sus sonrisas hipócritas, fingiendo que se divertían cuando tenían miles de problemas que los aplastaban y la verdad, de verdad, era que no se querían y estaban hartos los unos de los otros. Ella estaba harta de verlo desde niña, en su familia, la gente era así, la gente disimulaba pero en el fondo todos ellos lo sabían.
Lo que más le extrañaba es que nadie acudiese a echarlos a todos porque seguro que era propiedad privada. ¿Dónde estaría el dueño de aquel valle? ¿Por qué no salía y les cobraba, ya, el alquiler por los bancos y las mesitas de tablas de pino? ¿Por qué dejarles creer que podían tener paz y un poco de felicidad? ¿Quién era el que alquilaba los nidos de los pájaros que buscaban su primera vivienda para criar sus pollos esa primavera?
Ella recordaba que siempre, de niña, le había preocupado aquel asunto del alquiler de árboles para las familias aladas de golondrinas y vencejos emigrantes que pasaban en bandas vocingleras. Fabuloso negocio el que podían hacer los pájaros autóctonos dejando el sitio a sus congéneres migratorios. Dentro de unos días ellos, los del país, podrían echarlos y quedarse con sus nidos recién hechos, última tecnología de los países nórdicos, y, quizá, con suerte, podrían comerse los huevos recién puestos.
—Ya estamos en el sitio adecuado, debajo del arco central del puente —le avisó Juan, sonriendo— ¡AAAHHH¡¡¡¡¡¡¡ —chilló alegremente— ¡ECOOOO¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
Eloísa le miró sin comprender. La cara rubia del muchacho se le aparecía como una máscara con la boca abierta, mezclada con su sueño sangriento de alquileres para pájaros y huevos destrozados. El eco la estremeció como un sonido de ultratumba.
Oh, sí, estaba dando un paseo por el campo con aquel chico tan amable. Sí, tenía que mostrarse amable con él, devolverle sus cumplidos con buena educación.
Consiguió despertarse.
—¡Qué divertido! —consiguió sonreír.
—Espera, Eloísa, no te muevas. Un momentito, no respires, por favor.
Y acercando la boca le dio un beso en los labios. Y el beso resonó en el arco del puente como un estallido de paz insoportable y Eloísa, herida por un rayo que no podía comprender, cerró los ojos y dejó de respirar aquel aire peligroso tanto tiempo que dejó de respirar, y ya nada le importó. —

Solamentunavez 01/05/0722:49




  • AQUELLAS TARDES DE ROSQUILLAS.
Hoy, ya por fin crecido y hombre de provecho –algo que según mi abuelo jamás sucedería y qué pena de diez cerdos que podría haber criado la santa de tu madre–, veo el mundo con otros ojos. Y estos ojos que, en un prurito de rigor, son exactamente los mismos que entonces tenía, ahora se salen de sus órbitas –o de sus cuencas, o de donde sea que se salgan los ojos– ante un par de rosquillas caseras. Como las de las meriendas de mi abuela y que yo tanto detestaba en aquellos destartalados entonces de abuelo y mandoble.
A aquellas merendables rosquillas, probablemente exquisitas y a las que no faltaba ningún ingrediente incluido una taza de leche y el amor de mi abuela, las hacían astragantes las muchas guerras de mi abuelo –que habiendo participado en dos y sufrido tres, se las conocía todas– y mis bostezos, sus mapas y sus lecciones de geografía y, desde luego, su extraordinariamente veloz muñeca derecha, rápida y certera como un áspid. Muñeca que pilotaba una mano con la textura del granito y que tenía una tan fatal como irreductible querencia hacia mi expuesto y pelado cogote virgenmente inmaculado aún (debería haber escrito "inmaculadamente virgen", ¿no?, sin embargo, me parece una falta de respeto ponerle cosas a la virgen por delante).
En una palabra, que mi abuelo repartía hostias como si repartiese panes. Y el ecuador de mi cogote era su mejor cliente.
Y ahora, con la perspectiva que otorga los años, sin vacilar un nanosegundo lo acepto: la reciedumbre roqueña de aquella mano debió de dejar algunas de sus propiedades impresas en mi cráneo a fuerza de tanto usarlo y sobarlo. La transmutación de la materia o algo así. Qué razón tenía mi abuelo cuando me decía: “hijo, esto es por tu bien el día de mañana”. ¡Y vaya que si la tenía: cuatro cascos he roto ya, y la cabeza permanece intacta, en sendos accidentes!.
Y aquel celebrado episodio de doblar una señal de “ceda el paso” del ayuntamiento, a base de un tan limpio como involuntario y certero cabezazo, no me costó más que quince segundos de vahído y cuatro aspirinas efervescentes. Con esto no quiero decir que vaya biselando esquinas a cabezazos, pero… ¡que no se pongan por delante!.
Resumiendo, la manaza de mi abuelo me ha salvado varias veces la vida. Esa es la verdad. Y es de bien nacido ser agradecido (por cierto, chascarrillo éste que también le pertenecía y que me ha correspondido en herencia).
Pero yo por entonces, claro, todo esto no lo sabía. Y mi hermana, algunos años mayor que yo… ¿qué es lo que sabía?.
No lo sé. Pero algo debía de saber.
Ella acudía todas las tardes lectivas de aquella primavera, la de sus quince años recién, radiante, ardiente y veloz a la cita merendil con las rosquillas. Tirando siempre de ese hosco y renuente apéndice que le habían adosado y que, a la sazón, era yo.
(.../...)

Mi abuela colocaba primero unos besos al recibirnos, luego las rosquillas y los pestiños en una bandeja, luego a nosotros y después al abuelo, que tenía un brillo especial en los ojos, en la terraza. Por aquellas fechas aún sonaba el rebufo de los Exocet y los Harrier de Las Malvinas y mi abuelo distribuía, con profusión y elocuencia, sus más lindos cumplidos a aquellos hijos de la Pérfida Albion –y de la grandísima puta, ya de paso, según sus propias palabras– lo que recibía una muy medida y severa amonestación proveniente de la cocina.
En ese momento, o en otro parecido, mi hermana, siempre con esa sonrisa que abre más puertas que un ariete, decía de falsete: “Mmmmm, están deliciosas las rosquillas”. Y mi abuela le plantaba un beso ensordecedor, mientras que yo, en premio a mi actitud abierta y escéptica ante los frutos de la sartén, recibía el primer mamporro de mi abuelo que, aprovechando la circunstancia, desplegaba ante mi aturdida faz uno de aquellos mapas de mil colores.
–A ver, zopenco, ¿donde están las Islas Malvinas?. –Yo aquí ya me veía venir la misma tormenta que se desató la tarde de lo de Favila y el oso.
–Y yo qué sé, abuelo. –No habiendo yo terminado de pronunciar el verbo de la oración, cuando ya la fugaz mano dejaba constancia y nueva huella de su contundencia en mi atribulado cogote.
El caso es que, ni mi hermana ni yo hacíamos grandes honores a pestiños y rosquillas, pero la cosa quedaba indefectiblemente en que mi hermana adoraba las rosquillas y no comía ni una, mientras que yo que, a todas luces las detestaba, tenía siempre que comer media docena. Esto era un misterio para mí, pero más grande lo era cuando, a la siguiente refriega con el abuelo, en esta ocasión propiciada por los judíos y el Sinaí –nueva guerra, nuevo mapa y nuevo alarde de su mano–, me daba cuenta que mi hermana había desaparecido. ¿Dónde habría ido?. Ni idea. Y a ver quién le preguntaba al abuelo.
Y la tarde hasta la anochecida, esto es, el telediario de las nueve, transcurría así, peroratas de mi abuelo junto a las incontenibles idas y venidas de su mano en interminables ciclos. Hasta que, minutos antes de las nueve aparecía mi hermana, grácil, menos peinada, menos bien vestida y más risueña y encantada de lo que antes estaba. Y ahora ya no me llevaba hasta casa como a un apéndice, ahora me llevaba abrazado por los hombros, risueña y dicharachera.
–Estoy feliz –decía. Y me besaba. Y cantaba. Y se ponía a danzar y a hacer el tonto como sólo lo hacen las mujeres cuando están enamoradas.
–¡Claro, como no te comes ni una rosquilla!. –Refunfuñaba yo, cargado de razón al tiempo que aún me acariciaba el cogote.
Ella reía. Y a mí, aunque jamás lo hubiese confesado ni bajo la más cruel de las torturas, me gustaba su risa.
M.D.

MARTINIDRY 02/05/0711:49




  • La hora de los cuentos
— ¡Fernan, Josele, Tito, Cuchú, Sabeli, Antoñitaaaaaa! ¡Venid que ya es la hora de los cuentos!
Y los pequeños de tres familias nos reuníamos alrededor de la radio de mi tía para comernos el pan con chocolate y escuchar los cuentos. Era la mejor hora de la tarde.
— “Érase una vez”, empezaba la locutora, y se paraba. Una musiquilla melancólica de violines y pájaros sollozaba en las tripas de la radio.
— ¡Hoy toca La Llorona!, anunciaba muy contento Fernan, que había reconocido a su locutora favorita, porque nos conocíamos la voz y la musiquilla peculiar de cada uno de los cuentacuentos que habían grabado las historias que nos daban por la radio a las cinco en punto de la tarde.
La Llorona era la que más le gustaba a Fernan. Siempre hablaba de niños pobres y enfermitos, que los maltrataban y pasaban mucho frío en invierno y tenían sabañones, fuera lo que fuera aquello de los sabañones, nosotros ya no los habíamos conocido en nuestra época. Pero al final los rescataban y los convertían en príncipes de países de ensueño. ¿Por qué le gustaban ese tipo de cuentos a Fernan, que era un chico fuerte y sano y nada desgraciado? Era imposible saberlo, pero le conmovían y a veces hasta le hacían llorar. Nosotros nos reíamos de él.
— Muerde la merienda, culogordo, que se te calienta el choco, que se te funde el choco, que te derrites, culogordo, que estás enamorado de la tía Llorona.
— ¡Quita idiota!, un empujón, un papirotazo, Josele se caía del taburete de mimbre y protestaba en el suelo, elocuente como un futuro abogado laboralista, y Fernan, alto y grueso y enfadado, nos echaba encima su mirada negra de futuro matón de los negocios.
— ¿Alguno más quiere cobrar?
Nosotros metíamos nuestro hociquito en el pan y bajábamos los ojos tímidos de futuros oficinistas y empleados, y callábamos.
Fernan se pegaba a la radio y nos olvidaba a todos.
— “Érase una vez”, insistía La Llorona levantando la voz dolorida por encima del escándalo de los violines y los pájaros, “un niño en la ciudad de Florencia cuya pobre familia se sustentaba del trabajo del padre, que era escribiente. Pasaban muchas penalidades porque el trabajo era difícil y complicado, había que tener muy buena letra y escribirlo todo muy bien, y el padre tenía que estar esforzándose siempre. Por eso, por las noches, el niño, sin decir nada, se levantaba y le escribía a su padre un poco del trabajo para que le cundiera más”.
— ¡Ay!, suspiraba el Fernan, que no tenía padre y aunque lo hubiera tenido mal le hubiera podido ayudar, porque tenía una letra asquerosa como una ristra de moñigos y muchas faltas de ortografía. ¡Ay!, decía, y esa era la única dulzura que nosotros le pudimos conocer en todas nuestras vidas.

BLANKA-L 02/05/0712:37




  • Las cinco y media
A Milagros le tiemblan las manos cada vez que le ve aparecer, cada tarde sobre las cinco y media él aguarda turno en la cola de la caja registradora de Milagros, como cada día siempre es el mismo producto el que ella ha de cobrarle: cinco tetra-bricks de vino blanco. Milagros hace mucho que se dio cuenta de que no importaba si las demás cajas están menos llenas, siempre elegía la suya.
Gregorio, mira con gesto nervioso a ambos lados mientras espera, cuando se va acercando su turno, comienza a tocar los bricks de vino como protegiéndolos, entre una mezcla de ansiedad por llevárselos y vergüenza, es consciente de que ella ha percibido su problema con el alcohol, pero le alivia observar la tímida sonrisa de la mujer que cada tarde le regala.
Al día siguiente Gregorio vuelve al supermercado, se dirige a la estantería de los licores y de nuevo coge cinco bricks de vino blanco, guarda turno en la caja de Milagros, pero esta vez se rompe el silencio que hasta ahora habían mantenido ambos. A Gregorio le pareció que la mujer estaba más hermosa que nunca, algo había cambiado su aspecto, quizás fuera el maquillaje, o tal vez fuera el pelo, lo llevaba más arreglado que otras veces, incluso fueran ambas cosas. Cuando llega el turno de Gregorio, que iba avanzando lentamente protegiendo los bricks como tiene costumbre, Milagros le saluda tímidamente que es correspondido con un solemne ‘buenas tardes’ de Gregorio. Eso fue todo.
De nuevo llegadas las cinco y media de la tarde, Gregorio repite el ritual vespertino, Milagros estaba radiante, todo su cuerpo le palpita y él que a su vez está más agitado de lo normal se desliza torpemente hasta llegar donde Milagros que le saluda y osa preguntarle si esa era su merienda cotidiana, a lo que con un rotundo ‘sí’, Gregorio le contesta. A Milagros se le torció el gesto y entonces le dijo:
- No debe ser muy saludable merendarse todos los días esa cantidad de vino, debe tener usted el hígado hecho unos zorros. ¿Por qué no prueba por tomar una pieza de fruta o un zumo? – Le comentó la mujer sin perder su sonrisa esta vez más pícara que otras veces.
Pero Gregorio no contestó, entregó el dinero exacto como siempre, cogió la bolsa y salió del supermercado.
Al día siguiente sin dilación Gregorio algo más aseado que de lo normal solo portaba cuatro bricks de vino, lo que provocó cierta alegría en Milagros. Llegó el sábado y Gregorio llevaba planchada la camisa, pantalones limpios e iba recién afeitado; llevaba tres bricks de vino; Milagros le guiñó un ojo y le regaló un paquete que él intuyó serían pasteles pues reconoció el envoltorio que recibió gustosamente.
Transcurría el domingo, Gregorio echaba en falta a Milagros, presagiaba que algo iba a cambiar en su vida con la aparición de aquella cajera, hacía tiempo que no sentía nada igual, cuando todo lo creía perdido esa mujer despertó sentimientos olvidados. El lunes a la misma hora decidió comprar solo un brick. Cuando le llegó la vez le agradeció los pasteles a Milagros y se atrevió a invitarla a merendar el domingo siguiente. Sin dudarlo, Milagros aceptó.
El martes Gregorio compró manzanas y zumo de piña, también lo hizo el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado. Ese domingo acudieron ambos a la cita y merendaron en la pastelería donde Milagros le compró los dulces. Desde aquel día, cada domingo alrededor de las cinco y media de la tarde Gregorio y Milagros meriendan juntos en la pastelería San Miguel.

Musetta 02/05/0714:15




  • Merendolas
“Eres lo que comes” dicen ahora, cuando lo cierto es que yo lo decía ya el siglo pasado y mi novio de turno apostillaba “No, cari; comemos lo que somos.” Yo callaba y lo aceptaba al dar por supuesto que la opinión de un hombre, con carrera de farmacia en aquel caso, tendría mayor fundamento que mi opinión, basada nada más que en el sentido común.
Recordé esta frase ayer tarde, cuando, en el parque, una ardilla trepó por la pernera de mi pantalón, pierna arriba. No era pequeña y la pobre debía tener algún problema afectivo porque comía de manera compulsiva. -Eso habría dicho mi psiquiatra, el de ahora, porque al otro no lo he vuelto a ver.- Se llevaba los brotes de flores a la boca con ambas manitas, mascando con fruición a la velocidad de un zapateado Sarasate. Yo, al sentir la escalada ilusionada de la ardilla por mi pierna pensé, ya está, soy una zanahoria o me he vuelto pimiento morrón o una acelga. ¿Seré una lechuguina?
Se me olvidaba decir que llevo un tiempo haciendo dieta estricta abundante en vegetales. Me lo indicó la dietista cuando en casa vieron que empezaba a caber de manera algo ajustada en asientos de butaca, esos que llevan posa-brazos de madera, pero no he sobrevivido todos estos años para ser el bocado de una ardilla hambrienta, así que, como le decía, ante el miedo a que el roedor me hincara los dientes, en un acto de pura defensa personal, se lo juro señor, tiré con impulso de su cola interrogante y le estampé el cráneo contra el tronco de un castaño pilongo, esos que tiene las flores rosas tan bonitas.
-Si tú a mí, yo, a ti, me pido primer,- pensé, recordando las meriendas de tía Micaela cuando éramos críos, que nos preparaba con las ratas que conseguía atrapar en la ría el primo Julen. Las asaba con restos de brasas de la fundición, en Bolueta, por la salida de atrás, hacia la fábrica de harinas.
Yo ayer penssaba merendar sushi de ardilla, y recordar aquellos tiempos en que vivía la abuela. Me dio pena desaprovechar esa piel rojiza, por eso la estaba pelando con cuidado cuando me saludó ese policía tan amable que me acompañó a su oficina y que ahora me ha traído aquí a su despacho, señor comisario.
El caso es que estoy algo preocupada. He leído en la prensa que sólo faltan siete días para salvar mi cabello. Si lo anuncian así será que es urgente. ¿Usted qué opina, señor? ¿Podré salir a tiempo?

ASOMBRILLADA 02/05/0718:33


VOTACIONES TINTERO CCXCIII: La meridenda.

La administraciòn del Tintero no cabe en sí de gozo porque hemos rebasado los 10 relatos, con lo cual se advierte al paseante y al votante que debe usar los cinco acostumbrados dígitos.
Voten 5, 4, 3, 2, y 1 a los cinco relatos preferidos.
Sean magnánimos y certeros.
NOTA: Por una vez, y sin que sirva de precedente, sugiero que si algún lector silencioso o algún no-participante, sintiera el deseo irrefrenable de otorgar algún voto a un relato determinado, pues que lo haga con toda libertad. Su voto no se contabilizará, pero le dará una alegría al autor. Pero vote UN SOLO relato, no más. Gracias.

ANDRESNIPORESAS03/05/0700:03


Votos...(muy difícil votar en esta ocasión)...

erkaytano 5
MARTINIDRY 4
jmlvfalco 3
INCONGRUENTE 2
espejodevanidad 1

gemmayla 03/05/0708:09


Bálsamo de Fierabrás-

No respires (Solamenteunavez): 5 p, porque la originalidad de que la memoria esté teñida de misantropía.
- Rosquillas (MartiniDry): 4 p, por un buen trenzado de sugestivas imágenes.
- Hora de los cuentos (BlankaL): 3 p, otra visión de la consabida crueldad infantil.
- Mosquitos y hormigas (Estresado): 2 p; Azarías se meaba las manos para prevenir las grietas.
- Merceditas (Gemmayla): 1 p, de nuevo, por un retorno a la parte fea de la infancia (que nos empeñamos en pintar de rosa descafeinado).

jmlvfalco 03/05/0710:51


Voto

JMLVFALCO..............................5
MARTINIDRY............................4
INCONGRUENTE........................3
ESPEJODEVANIDAD....................2
GEMMAYLA...............................1
Buenas meriendas

ASOMBRILLADA 03/05/0711:52


Votos

ASOMBRILLADA 1
INCONGRUENTE 2
BLANKA_L 3
JMLVFALCO 4
MARTINY_DRY 5

Musetta 03/05/0714:52


VOTOS
5 para Gemmayla.
4 para Incongruente.
3 para Solamenteunavez.
2 para Martinidry.
1 para Blanka_L

espejodevanidad 03/05/0716:45


Ñam ñam fodos ñam

5) ESTRESADO
4) ASOMBRILLADA
3) GEMMAYLA
2) JMLFALCO
1) ERKAYTANO

BLANKA-L 03/05/0722:42


Casi no llego

Pa Gemmayla 5
Pa Erkaytano 4 aunque se paso tres pueblos
Pa Espejodeva 3
Pa Andresnipor 2
Pa Jmlvfalco 1

INCONGRUENTE1 03/05/0723:40


votos

Erkaytano .......... 5
Espejodevanidad ........ 4
JMLVFalco .............. 3
Incongruente .......... 2
Musetta ............ 1

Solamentunavez 03/05/0723:46


On time, uff

Blanka-L...................5
Jmlvfalcó...................4
Asombrillada................3
Erkaytano.................2
Incongruente...............1
Buenas Lecturas.

ANDRESNIPORESAS 03/05/0723:51


RESULTADO DE LAS VOTACIONES DEL T-293: La merienda.

Hechos los recuentos y suponiendo que no haya habido error, los resultados son los siguientes:
GANADOR: JMLVFALCÓ..........22 votos.
FINALISTA: MARTINY-DRY......19 votos
Tercero: Erkaytano................17 votos.
Cuarta: Blanka-L.....................12 votos.
Quinto: Incongruente................11 votos.
FELICIDADES AL GANADOR y ya sabe que el peso de la púrpura conlleva consigo proponer tema para el Tintero CCXCIV.
Muy Buenas Letras a todos.

ANDRESNIPORESAS 04/05/0700:04


Los míos suman quince, La niña bonita...Me entristece un poco que al niña bonita no se le tenga en consideración.

gemmayla 04/05/0708:33


Usted disculpe.Y que me lo descuenten de la paga. Ayer no fue un día tranquilo, o sea.
Gemmayla, norabuena, coletas.

ANDRESNIPORESAS 04/05/0709:56


amigo, Andrés.....ni te cuento como fue el mío.
Salud e inspiración para todos !!!

gemmayla 04/05/0710:12