viernes, 30 de marzo de 2007

TINTERO VIRTUAL CCLXXVII.- Bemoles y sostenidos

TINTERO VIRTUAL CCLXXVII.- Bemoles y sostenidos

Música, música. Muchísimas gracias. Sois fenómenos.
Los bemoles y los sostenidos no son sonidos normales, están medio tono más altos o más bajos que las notas habituales. Esa anomalía y media tinta, las cosas pequeñas que nos hacen diferentes, me interesan.
Además, bemoles y sostenidos son palabras polisémicas a las que los tinterianos con vis cómica les pueden sacar el jugo :)
Por eso el tema será, tal cual: BEMOLES Y SOSTENIDOS.

BLANKA-L05/01/0701:04




  • El Violín.
El violín.
Chirriaba aquello como diez mil demonios. Al niño le dio por pedirle al padre un violín, y el padre, ilusionado, fue a la tienda y compró el violín. Tuvo que comprarlo. La esperanza del padre, un mindundi de oficina que había que tenido que chupar un millón de pollas antes de poder encontrar un trabajo en el que sólo tuviese que mamarla de vez en cuando, la esperanza del padre, como ya digo, era obvia, que su hijo fuera pianista y no un chupadetodo como él. Cuando llegó a la casa la esposa, un arpegio de malhumor y soberbia que quería meter en su coño al marido y tener bajo las piernas de esclavo su perrito faldero, le recibió con un grito atronador y un : pero no ves coño que estás pisando el suelo limpio, ponte las jodidas zapatillas. Luego llegó el niño. La sagrada familia del pajarito, él, un calzonazos molido a palos en todos lados, ella, una pantera rabiosa, una histérica de la limpieza y el orden, y una esclava al mismo tiempo. Y el Jesusito divino, un pimpollo de coral verde. Mira, Carlitos, aquí está el violín. Y el niño nada más cogerlo le dio un beso al padre, un beso que le supo a aquel mindundi a una exhalación de lo sagrado, a una bendición de ángeles terribles. Para el padre el niño era lo más bonito que había, su muchachito era el más guapo del barrio, la verdad es que el pibe era un aborto de la madre naturaleza, y la madre se daba cuenta de la fealdad brutal de su engendro, y se tomaba todas las noches una copa de anís para olvidarse de su primer novio, que era rico y tenía más millones que pelos en la cabeza, que la rechazara al pié del altar para irse de veraneo con una marroquí, y que había tenido tres niños morenos de ojos azules que al lado de su aborto eran arcángeles. Y el niño tomó su violín y pulsó la primera cuerda y el chirrido erizó los pelos de un gato callejero, que pasaba por la avenida y se puso furioso y punzante como un guepardo electrocutado. Pero lo peor vino después, los furiosos sostenidos y bemoles, que durante más de tres horas tuvo que aguantar el padre y que provocaron en la Gorgona de la madre un rapto de locura infernal, repercutido finalmente en la mansedumbre del patriarca, al que se le encogieron los cojones ante la ferocidad de su compañera. El arroz estuvo ese día repugnante. Pero Carlitos no dejó de crear corcheas siniestras hasta que una cuerda del violín se rompió del esfuerzo. Terminó el instrumento en el cubo de la basura. Su ilusión se esfumó como esos castillos de arena que deshace la marea. Carlitos al día siguiente fue al colegio y aprendió lo monstruoso que pueden resultar a veces los maestros y sus pelotas, y el padre en la oficina tuvo que cuadrar un informe de cuentas bajo la despiadada y atroz mirada de su jefe, deseoso de sangre y lleno de ardor e ira.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.

Escritorcillo06/01/0713:47




  • TIENE BEMOLES... ¡Y SOSTENIDOS!
"Scan speed" tiene por nombre. En realidad es un terminal informático conectado a una unidad central y equipado con dos balanzas y un lector de códigos de barras. Scan speed. Lectura y rápido. El artefacto, con todos sus adminículos, no ocupa más de medio metro cuadrado de superficie.
Scan speed... O en otras palabras, hágaselo usted mismo.
¿Su utilidad?... Ahora lo explico.
El cliente del limpio y ecléctico supermercado llega a la balanza "input", coloca los artículos que desea adquirir y después, uno por uno, los pasa delante del lector láser del ScanSpeed, tras lo cual, deposita ese mismo artículo en la balanza "output". Como es natural el artículo outputizado ha de tener el mismo peso que el inputizado, a defecto de esto, la máquina emite un pitido... y no le indica al cliente que está cometiendo fraude, no, sino que avise a una gentil azafata, quien, con gesto suficiente y de amable manera, desbloqueará el sistema indicando, con una sonrisa, al cliente que continue con su tarea. Y así, cuando todos los productos sean convenientemente outputizados, el cliente tocará la pantalla interactiva para que el ingenio le ofrezca su cuenta total, tanto como diferentes maneras de hacerla efectiva.
Scan Speed...
...
Hace dos semanas ya, que una batería de seis Scanspeeds ocupan el espacio que antes ocupaban dos cajas convencionales junto con sus cintas transportadoras y receptáculos de recogida.
Alina ya no está... está en su casa. Probablemente ni busque trabajo. Antes era estandardista, un eufemismo para nombrar a las recepcionistas o telefonistas o como las quieran llamar, y también entonces fue reemplazada por dos o tres sofisticadas y eficientes máquinas.
Pregunto...
–Alina está desesperada, temo que se hunda en la depresión. –Me dice Sophie, desde su puesto de mando de una caja convencional que pronto, si la experiencia piloto Scanspeed ofrece el rendimiento esperado, también será substituida.
–Alina ya está condenada a subsitir toda su vida de las ayudas públicas, me temo –replico a Sophie–. ¿Y su hermano?.
–¿Halil?. Con el tabique nasal frito por la farla.
–Joder...
Sí...¡joder!... Alina tiene más de treinta años, tres hijos y un marido que del flagelo ha hecho arte. Halil, aparte de sus enormes ilusiones y proyectos, nunca tuvo ni hijos ni nada... que yo sepa, al menos.
Me dirijo a la salida y observo como el responsable del proyecto, supongo, y un hombrecillo fuertemente trajeado y violentamente encorbatado que le acompaña, probablemente el encargadillo de zona, comentan detalles sobre el innovador sistema ScanSpeed. Pego la oreja y algo más, como es natural: si el asunto de marras funciona, al parecer, las inversiones necesarias para su implante, serán amortizadas en base a los salarios economizados en unos seis u ocho meses.
Ni que decir tiene -y esto ya lo pienso yo sin ayuda externa-, que ambos serán bendecidos por el Gotha directivo; y algún estipendio, en forma de incentivo o de interesamiento en el trabajo, será vertido mensualmente en sus cuentas bancarias.
Transferencias financieras... digámoslo groseramente, transferencias de un banco a otro. En este caso del de Alina al del hombrecillo fuertemente trajeado.
Salgo del suntuoso supermercado. En las calles se habla de coches incendiados y de violencia ciega.
...
Halil fue compañero de estudios, de los mejores de la clase, luego... bueno, luego vino la desesperación. Pero antes del advenimiento de tan inicua señora, llegó la frustración por no saber o no poder encontrar otra cosa que trabajos de mierda. La frustración se presentó sin llamarla cuando Halil se vio en la puta calle explotado y sin blanca... La desesperación cuando Halil vio que en su ghetto los crápulas funcionaban mejor que los curretas...
Desesperación...
Halil es negro y musulmán. ¿No lo había dicho?... pues lo digo. Pero, sin embargo, tiene igual modelo de documento de identidad que yo mismo. Con los mismos sellos y bandas de seguridad.
...
Estoy haciendo creer que esto lo acabo de escribir hoy mismo, pero no, en verdad lo escribí ayer. Hoy... bueno... hoy tengo poco que escribir, tan sólo que al hombrecillo del traje le han incendiado el coche... un aparatoso Renault... con él dentro.
Y se ha muerto, claro está.

MARTINIDRY09/01/0701:56




  • La jubilación anticipada de Ramón.
Decía Horacio que "Cualquiera que se instala en una dorada o más preciosa que el oro mediocridad -"Auream quisquis mediocritatem diligit.."- en la que está seguro y no padece los inconvenientes de una casa sucia y vulgar, y es moderado en sus aficiones, carecerá también de un bello palacio que despierte envidias".
La más preciosa que el oro mediocridad puede convertir la sinfonía de la vida en un puro aburrimiento.
Ramón llevaba unos meses disfrutando de su prejubilación por incapacidad laboral permanente. Las celíacas, las coronarias, las emulgentes, las subclavias y hasta las raninas las tenía obstruídas a pesar de la dieta mediterránea que le preparaba Matilde, excelente cocinera, esposa y madre de sus cuatro hijos ya emancipados.
Ramón se aburría como una ostra enfurruñada y retraída en su concha de madreperla. Hacía crucigramas, autodefinidos, sudokus y sopas de letras. Veía en la tele mucho documental y daba largos paseos por las anchas y solitarias calles de la urbanización. Pero aún asi, los días se le hacían eternos y las noches interminables. Padecía insomnio y cierta crisis de angustia permanente.
Un buen día, harto de sudokus y sopas, decidió escribir en un cuaderno una larga lista de cosas que en la existencia de cualquier hombre, él sin ir más lejos, podían ser consideradas bemoles y sostenidos que pudieran contribuir a hacer de la vida una sinfonía perfecta, genuina, original y completa.
La lista quedó pergeñada más o menos como sigue:
Bemoles: un atardecer, un barco fundiéndose con el horizonte, la luna, la tierra, los insectos, las salamadras, los sapos y cualquier batracio en general, la música clásica, el estilo impresionista en la pintura, la literatura o la música, los documentales de la 2, los guisos y los dulces besos de Matilde, los paseos a paso de tortuga, las pendientes suaves, las carteleras de cine independiente, el golf, las macetas de geranios, azaleas y begonias, las agendas de piel cerradas sobre la mesa, el ordenador apagado, el llanto silencioso de una mujer, los aeroplanos, el patinaje sobre cuatro ruedas de su nieta, las infusiones de tila, manzanilla y espliego, la armonía de colores fríos,...
Sostenidos: un amanecer, un barco a punto de llegar a puerto, el sol, el cielo, los mamíferos, el ser humano, la música jazz, el estilo expresionista en cualquier manifestación artística, los telediarios de A3, las medicinas y los arrumacos de Matilde, la llegada a casa de los hijos, nueras, yernos y nietos, el cine de Hollywood, el esquí, los árboles - en especial los cipreses -, internet y el teléfono móvil, las risas y los lloros de una mujer o un niño, los coches, los trenes, los camiones, el monopatín de su nieto, el coñac, los puros habanos, la armonía de los colores cálidos,...
A Ramón le encantaba leer estas largas listas de bemoles y sostenidos apuntados en su cuaderno, además de los sudokus, los crucigramas, los jeroglíficos, leer la prensa y libros de Historia, mirar por la ventana a la vecina sacando al perro a pasear.

gemmayla09/01/0710:47




  • La Guitarrita de Juguete.
La Guitarrita de Juguete.
Una chispita azul, con un toquecito de agridulce, el caramelo se deshace dejando un millón de vencejitos furiosos en el paladar y las corcheas que salen del Polifemito diminuto son como estrellitas revoltosas de un cielo violeta y triste. Las cuerdas del instrumento no son capaces de elaborar un combate sangriento de sostenidos y bemoles pero se bastan por sí solas para elaborar un débil paraíso lila, con estridencias de limón, pomelo y granadina. En el minúsculo acorde flotan, chirriantes y bellísimos, pequeños caballitos marinos de cristal, naranjas, verdes, azulados, en una cabalgata minimísima bajo la mirada de gatitos de peluche vivos. Así es la guitarra de juguete que a todos nos regalan cuando niños. Dicen que dentro del instrumento, que no sobrevive a nuestras manos ni un día siquiera, habita un pueblo de duendes dorados, de pitufos, de gnomos, y que en dicho pueblo se esconde un tesoro de diamantes rabiosos, muy pequeñitos, tan pequeñitos que el soplo de un aire los deshace. En sus cuerdas, que son cuerdas de metal muy brillantes y finas, una majestad de colores y notas sacude sus cabellos, porque las notas musicales son ninfas de una fuente de otro mundo, donde habitan sátiros jovencísimos y unicornios azules, centauros y cupiditos, en una selva llena de mariposas de color granate y morado. Las ninfas se bañan en el agua de un arroyo, de una fuente dorada, en la que las truchas naranjas abren sus besucones labios al morder el borde de gigantescos nenúfares. Las ninfas están todo el día, el sol es un ángel de cabello rubio con una espada de fuego, las ninfas están todo el día al borde del agua, salpicándose las unas a las otras, o peinándose las cabelleras. Y cuando la cuerda de la guitarra de juguete suena tañen unas diminutas campanas en las que tienen encerrados el canto de los grillos. Porque son unas ninfas cazadoras, y de noche, cuando todo el mundo pudiera creer que duermen, salen al jardín, a la selva de los centauros y los unicornios, y se dedican a capturar el canto de algún grillo. Porque si un grillo, azul y negro, se pone valiente y hace que el serruchito de su violín suene, asciende hacia la atmósfera una mariposa de perfume añil, que revolotea de flor en flor, de corola en corola, y que se va dorando y plateando del nácar de la luna. Las ninfas cazan como amazonas, llevan una armadura de pétalos de rosas y una corona de flores de lirios. Con una red hecha de hilo de oro cazan la voz maripósica del grillo insomne, y la guardan en un tarro de cristal verdecillo. Luego se sumergen en el agua de la laguna donde moran en un palacio de jade y esmeralda, y allí, en la habitación de los siete colores, con la mariposa apresada, dan forma a unas campanitas, las que luego sonarán cuando el niño haga temblar a la guitarra. Cuando una guitarrita de juguete se rompe hay en el cielo un ángel llorando.
El padre había escondido la guitarrita de juguete debajo de la caja de polvorones de coco, unos polvorones que sabían a pura delicia y se deshacían en la boca en un concierto de sabores tropicales y caribeños, de un dulzor afrodisíaco, haitiano, pero el niño mayor, que era un goloso sin límites, en su afán por devorar los mantecados, descubrió la estratagema del padre, se puso a tocar la guitarra que iba destinada al pequeño de la familia, y asesinó la sorpresa del día de Reyes Magos. Un torrente de grillos azules y violetas salió del corazón asesinado por espadas, ascendiendo a los cielos.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.

Escritorcillo09/01/0714:10




  • Con Iberia habría llegado.
Ese eslogan empieza a hacerse eterno para las tres amigas que ensayan en silencio una oda a la alegría. Sus maridos tienen previsto un viaje a Bolivia, sólo ellos, y ellas esperan con ansia contenida el día de partida, cruzando los dedos para que nada se tuerza antes de la fecha y puedan despedirles.
Todo surgió cuando uno de ellos, consciente de que el mejor tiempo de su vida se acababa, porque que nunca iba a estar más joven, animó a su mejor amigo para que le acompañara a la tierra donde reposaban los restos de un hermano que marchó a América para hacer fortuna. Trabajaba éste en el negocio de la madera, pero, un mal día de tala no se apartó con la debida rapidez ni en la dirección correcta, por lo que recibió, de sopetón en vida y en su crisma, el adelanto de la caja que habría de contener sus restos para los idem. Desde entonces, Matías, el hermano, ve todo en sí, bemol; triste, pesimista, siempre medio punto bajo lo normal.
Su cuñado, un sesentón bien sostenido incapaz de reconocer el efecto del paso de los años por su anatomía, que viste como un adolescente y se les ha sumado en la expedición, optimista como es, con un verbo interminable y agotador, trae de cabeza a Matías antes de empezar siquiera el viaje porque trata de imponer su criterio sobre lo que deben llevar, o lo que no, en las maletas. -Hazme caso, que de viajes tengo experiencia.-
-Me tiene loco, Enrique, menos mal que vienes tú también, porque yo sólo no creo que pueda aguantarle- le cuenta en un aparte al amigo.
Enrique está preocupado, pero guarda silencio. Le han llegado una fotos de lo que llaman carreteras en aquel país. Le han recomendado llevar papel higiénico y un botiquín bien surtido para todo tipo de males, y casi comienza arrepentirse de perder la comodidad de sus costumbres durante un mes entero. Más, viendo cómo Laurita tararea despreocupada desde que se enteró de esta aventura que les excluye a ella y sus amigas.
Ahora mismo está en la cocina y se le oye cantar a voz en cuello con un tono potente y sostenido: “Escucha hermano la canción de la alegriiiiiaaaa.”
No sabe qué es, pero sospecha que está tramando algo. Lo que faltaba.

ASOMBRILLADA09/01/0716:49




  • El Concierto.


Era la primera vez que acudía a un concierto y estaba encantado. Nada más entrar por el inmenso pasillo lleno de topacios y terciopelos iracundos, rojos, bajo candelelarias de araña gigantescas que relucían como diamantes frenéticos y espejos de marco barroco y dorado que multiplicaban la luz y el espacio hasta complicarlo ad nauseam, yo, preso de un éxtasis reverencial, me dije a mi mismo: hete aquí, triunfante. Y me senté en el palco. Un terciopelo verde abracadabrante, orgásmico y brutal, acogió mis posaderas y mi cuerpo con la amabilidad del algodón transido. A mi lado, la mujer más gorda del mundo, a la izquierda, Don Juan Tenorio, y yo, en el centro, tal si fuéramos el retrato de la familia de Carlos IV pergueñado por Goya. Pronto empezó a llenarse el antro demoníacocelestial con toda clase de fauna carnívora, herbívora, y hasta insectívora. Variaciones de Goldberg en el menú, con un clave en amarillo canario chillón, y ballet, coreografiado por el artista ya retirado Manuel Da Tombiteria. Se me hacían los oídos agua ante la absoluta maravilla que iba a poder escuchar, bajo un techo dibujado por Disciepoli, la entrada triunfal de Alejandro Magno en Babilonia, acompañado de sus ejércitos griegos y toros mesopotámicos alados, negros y azules, y esclavos negros de un Egipto Ptolomaico. Pero la Señora gorda, cuyo sombrero de plumas rosas parecía un avestruz fuera de órbita, exhaló hacia el entorno el grito satánico de sus posaderas e intestinos, y perfumó de manera grotesca la Apoteosis del águila de la guerra, dejando mi pituitaria en un rencoroso estado de repulsión, hasta que el perfume que la misma y pedestre señora llevaba sepultó el muerto podrido que había salido de sus tripas bajo un montón de rosas y azaleas. Comenzó el concierto. Doscientos mil canarios, verdes, rojos, cuasiazules, de ámbar, dorados, y amarillos, salieron del instrumento por obra y gracia del virtuoso que lo destrozaba, que lo electrificaba, que lo descoyuntaba y lo llevaba hacia arriba, hacia donde los ángeles y las estrellas, con una ferocidad propia de esquizofrénicos. Doscientos mil paseriformes dementes exhalaron las cuerdas de aquel monstruo de madera, bajo las garras posesas y maquiavélicas del sublime artista, como mariposas desvergonzadas, libélulas indómitas, y chispas de fuego azul. Al mismo tiempo, el ballet diseñado por Manuel Da Tombiteira describió un paraíso japonés, chino, asírico, oriental, tecnológico, y futurótico, de una manera tan soberbia y tan exuberante que, bajo la excelencia del Triunfo de Alejandro, el paladar del buen gusto se arqueó entre sandías rabiosas, ternera caramelizada, huevas de caviar, y pasteles de chocolate, arrope, sirope, y merengue. Sin proponérmelo caí preso, entonces, de un pentagrama escarlata vivo, cuyas fugas, semifugas, corcheas, sostenidos, y bemoles, en clave de solfamiredó, me persiguieron por una selva de esmeraldas, carbunclos y rubíes, donde panteras rosas de ojos verdes se dignaban a devorarme partes del alma, y pájaros de granate picoteaban mis sentidos. En un estado de clímax absoluto terminó el concierto, palmas y más palmas acompañaron a los artistas. Y yo, al terminar la función, cogí el paraguas del guardarropa y salí a la calle, cuyo silencio aromaba una nocturna exhalación de estrellas.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.

Escritorcillo10/01/0713:51


  • Siete letras.

El día no había sido nada tranquilo para Renato. Muy al contrario, los asuntos se le acumulaban sobre la mesa y el teléfono, --esa chicharra--, no dejó de sonar. No contó las veces que miró el reloj para comprobar cuántas horas le quedaban de oficina, amarrado a la silla y la vista fija en la pantalla lechosa del ordenador.
Sólo los cuarenta y cinco minutos del almuerzo le dieron una tregua, digamos que limitada. Al entrar al Bar-restaurante y sentarse, siempre desplegaba el periódico que acababa de comprar en el quiosco y les daba un repaso a las noticias de deportes, a los chismes de sociedad y a resolver por encima el crucigrama, sin preocupación alguna, sólo para entretenerse, para distraer la monotonía de comer solo. Y de nuevo a la oficina, a la rutina del teléfono, a la clasificación de los papeles, a seguir mirando la pantalla.
La tarde se le hacía más larga que la mañana, quizá porque su estómago estaba haciendo la penosa digestión. Más de una vez debía tomarse una pastilla antiácido para ayudar.
Pero el momento de dejar la oficina llegaba inexorable. Renato bajaba siempre por la escalera despreciando el ascensor para evitar hablar con nadie. Salía a la calle, doblaba la esquina y entraba en un bar, pedía una jarra de rubia cerveza y cerraba los ojos disfrutando el primer trago, sintiéndolo bajar como un puñal de cristal esternón abajo. Luego buscaba su coche, tiraba la chaqueta en el asiento de detrás y conectaba la radio.
Inexorablemente la emisora seleccionada emitía siempre música clásica. “Me relaja”, se decía.
Al llegar a su domicilio, colgaba la chaqueta en el perchero, tiraba la cartera en el sofá, cogía el periódico y se metía en el excusado. Abría la página de pasatiempos y continuaba resolviendo el crucigrama. Doce vertical, siete letras, plural: “Nota cuya entonación es un semitono más baja que la de su sonido natural”… No le venía a la mente.
Se sentó ante el televisor y le dio al mando. La Orquesta de Munich desgranaba un Oratorio.
--¡Ya lo tengo: B-E-M-O-L-E-S, siete letras, plural!

ANDRESNIPORESAS10/01/0720:55


  • La trompeta y las palomas.

Una noche, cuando mi hermano volvió del trabajo, irrumpió en el salón nervioso, exaltado.
— Mirad lo que me he encontrado en la calle, estaba junto al contenedor de la basura —nos dijo mientras mostraba orgulloso, en su mano levantada, una gran trompeta plateada— y está nueva, no entiendo como la han tirado.
— A saber de quien era esa trompeta, que asco —dijo mi madre acompañando sus palabras con un gesto que no dejaba dudas sobre lo que pensaba.
— Se lava la boquilla y listo —dijo mi hermano mientras se encaminaba al lavabo con la trompeta en la mano.
Escuchamos el ruido del agua correr y el frotar de la toalla sobre la boquilla. Después, mi hermano se fue a su cuarto y no fue, hasta media hora más tarde, que no escuchamos el sonido de la trompeta por primera vez.
— Tarariiiiiiiii, tararaaaaaa.
Al principio nos hizo gracia como desafinaba, como el metal maléfico de aquella trompeta destrozaba los sonidos, pero cuando llevábamos un rato escuchando aquel concierto, empezamos a intuir el problema que se nos venía encima.
Recuerdo que acompañé a mi padre a la habitación de mi hermano. Tenía los mofletes hinchados, rojos, a punto de estallar, soplaba con toda la fuerza que podía aquella trompeta. A través de gestos y signos logramos hacernos entender y mi hermano, por un instante, separó su boca de aquel instrumento demoníaco.
— Hijo mío, es tarde y los vecinos van a protestar. ¿Por qué no lo dejas para mañana? —le indicó mi padre con su habitual tranquilidad.
— Papá, lo he decido, voy a ser trompetista, el trabajo en la ferretería no me gusta. Lo mío es la trompeta —contestó mi hermano que de inmediato volvió a soplar con fuerza.
Volvimos al salón con una cierta desazón y preocupados por la noche que se nos avecinaba.
— María tráeme el algodón del botiquín —solicitó ni padre a mi madre— Mañana ya veremos lo que hacemos, pero por lo menos vamos a asegurar esta noche —dijo mi padre mientras con sus dedos iba formando bolitas de algodón.
El efecto amortiguador del algodón, junto con las puertas prudentemente cerradas hizo posible que sobrellevásemos la noche, a pesar de que mi hermano no paró, ni por un instante, de practicar con su trompeta.
A la mañana siguiente, mi padre se levantó muy temprano y al rato volvió con unas placas de corcho.
— Vamos a forrar su habitación con estas placas —nos comentó con la alegría del que ha dado con la solución a un problema.
Tuvimos que hacerlo con los tapones de algodón en los oídos, porque mi hermano no accedió a nuestra propuesta para que parase, al menos, mientras instalábamos las placas en su habitación.
Fue un fracaso, quizás aquellas placas fuesen capaces de parar el sonido de una flauta, pero demostraron su ineficacia a la hora de hacer frente a la trompeta de mi hermano.
Vivimos así durante meses, envueltos en las notas metálicas de aquella trompeta, día y noche, consultamos sin éxito a los mejores catedráticos de aislamiento acústico, nada se podía hacer. Hasta que un día, un compañero de mi padre, jubilado también, dio con la tecla.
— ¿Por qué no lo pasáis a las palomas?
— ¿A las palomas? —dijo mi padre.
— Sí, tú ve dejándole maíz en el cuarto, cada día un poquito más y ya verás como se va pasando.
El primer día, mi padre le dejó a mi hermano un pequeño cartucho de maíz que compró en el parque. Efectivamente, a eso de media tarde, mi hermano dejo por un momento de tocar la trompeta y esparció el maíz sobre el alfeizar de la ventana. Al rato tenía a las palomas dando buena cuenta del mismo. Lógicamente, acabado el maíz, se fueron las palomas y mi hermano volvió a la trompeta.
Así seguimos varios días, aumentándole la dosis de maíz, cada día los espacios sin trompeta se iban dilatando de manera proporcional al maíz que ya se lo suministrábamos en cubos.
A las dos semanas mi hermano dejó abandonada la trompeta en la cama puesto que dedicaba todo el tiempo a alimentar las palomas. Aprovechando que iba a cambiar las sábanas, mi madre pudo sacar la trompeta envuelta en las mismas.
Hoy en día, mi hermano se dedica por completo a las palomas, mi padre le suele poner entre diez y doce cubos de maíz en la puerta de su cuarto, pero como él dice: “tampoco sale tan caro”.
-- Feliz año a todos --

Iconoclasta10/01/0722:43


  • Un poquito fuera de lugar

El coronel Sandalio era pequeño pero tenía los bemoles muy bien puestos. Se aburrió del trabajo de oficina y de la rutina, y se presentó voluntario para distribución de ayuda humanitaria en África oriental. Durante años estuvo organizando el tráfico de paquetes europeos, semillas y maquinaria, en Kenia, Angola, Mozambique...
A mediodía, en una aldea perdida, sudando como un cerdo a más de cincuenta grados, hubiera dado la mitad de su paga por una coca-cola fresca con hielo civilizado, no el de color barro que tenían allí en la nevera... Pero, genio y figura, pequeñito y todo, perseveró como un diablo y las cosas salieron más o menos como tenían que salir. El español, lo llamaban, y él aceptó el reto.
Cuando volvió, se había vuelto más ingenuo y más buena persona, y la soledad lo derrotó dentro de su casa. No tenía familia.
Se apuntó en uno de esos negocios de citas por internet que anunciaban tanto y empezó a escribirse con desconocidas por ver si eran su media naranja. Todo el día en el pc.
Había una, CrisMarla, que le sonaba muy bien, le atraía. Le pidió una foto y vio que era una chavala muy bonita, joven, jugosa, treinta y tres añitos, un guayabo... y se asustó porque él era mucho más viejo y más feo, renegrido y con el entrecejo peludo.
»No me importa, le respondió CrisMarla. Quiero quedar contigo.
Y se citaron en la cefetería de un hotel de buena pinta.
Sandalio se colocó en sitio estratégico para ver a las que entraban, pero ninguna era CrisMarla. Ni la damita de los collares de perlas, ni la matrona gruesa, ni la abuela elegante con los zapatos de tacón azul, tan alta...
De pronto, la abuela altísima envuelta en seda azul, se dirigió hacia él sonriendo.
»¿Sandalio? Soy CrisMarla. Por favor, no te marches, escúchame.
Y fuera por la sorpresa, por la sonrisa, el perfume, los ojos claros, por no ser grosero, o porque ella era tan alta y elegante como él nunca había soñado, el caso es que Sandalio se quedó.
Cristina tenía setenta y seis años y su familia ya no le hacía caso. Ella, que había sido muy inteligente y muy activa toda su vida, con dos carreras y un trabajo de responsabilidad, le había robado una foto a su nieta y se las ingeniaba para andar de palique virtual con hombres con los que luego quedaba para charlar, y charlar, y charlar... horas y horas.
Sostenía Sandalio que pasó con ella la tarde más fascinante de su vida porque la dama le habló de tal manera, contándole anécdotas, sus ilusiones, sus proyectos para el futuro, porque ella estaba segura de que el futuro merecía la pena...
Y debía ser verdad que lo pasó bien, porque repitió la cita unas cuantas veces, y siempre llevó flores.

BLANKA-L10/01/0723:47

TINTERO VITUAL CCLXXVI "El idiota"

TINTERO VITUAL CCLXXVI "El idiota"
Antes de nada disculpas por el retraso...
Titerianos de guardia! gracias, grazas, eskerrik asko, gràcies
Les dejo este tema, registrado por un tal Fiodor según creo, que lo disfruten ya que yo no podré acudir a la cita por unas inmerecidas vacaciones.
Saludos y feliz año

Chesterton29/12/0617:01




  • Blas, El Boludo.
Si tonto es el que dice tonterías, idiota es el que padece de idiocia, congénita o adquirida. Pero también lo es el engreído sin fundamento y el que no ha sido instruído.
Blas era idiota en el amplio sentido del término. Idiota porque nació con una minusvalía mental cifrada en menos de un cincuenta por ciento de coeficiente intelectual. Idiota porque a los siete años se cayó de un árbol y su tía Petra, perpleja, exclamó "si naciste tonto de remate, ahora eres idiota redomado". - Las palabras de tía Petra se consideraban sentencias entre el clan familiar y lo que decía tía Petra "iba a misa". Blas iba a misa también, en calidad de monaguillo y a veces su madre creía vislumbrar un ápice de inteligencia y sentido común en su hijo cuando recitaba de carrerilla y por orden toda la parafernalia del misal. - Idiota porque presumía de tener familiares insignes siendo mentira. Idiota, al fin, porque sus padres desistieron de llevarle a la escuela y no aprendió a leer y escribir hasta que llegó al pueblo Ignacio, un profesor muy joven y que con muy buena voluntad se empeñó en que Blas leyese y escribiese como los demás niños de la escuela, a pesar de que Blas ya había alcanzado la pubertad.
Ignacio le dedicó tanta paciencia, tanto esmero, que Blas no sólo aprendió a leer y escribir en un cuaderno sino que dominaba a la perfección los intríngulis del Word y escribía correos electrónicos por encargo del párroco, normalmente pidiendo recaudar fondos a la feligresía. De ahi a entrar en foros y chats, un paso. Blas se volvió un acérrimo de la opinión virtual y visceral. Vertía opiniones de todo tipo en cualquier foro de cualquier portal de cualquier lugar de la vasta red internauta. Pero como era un idiota redomado e integral, nadie le hacía mucho caso y sus opiniones en Argentina eran consideradas boludeces y en España, gilipolleces. Total, que pronto Blas fue apodado El Boludo allá y El Gilipollas, aquí.
Te prevengo internauta, creo que este tal Blas te ha dicho lo que opinaba al respecto. No se lo tengas en cuenta. Es un idiota.
Blas

gemmayla30/12/0623:06



  • La ermita y la fuente.
En Arrabalejos había una ermita paleocristiana. Los años y las inclemencias habían deteriorado la estructura, los frescos y el armazón. Se adivinaba su belleza antigua en aquella demolición.
Genaro había nacido en Arrabalejos y se conocía todos los caminos, sobre todo los que llevaban a la ermita, que decían estaba dedicada a la virgen y mártir del siglo III, Santa Valeria, martirizada en la vía Nomentana.
Genaro tenía fama de extravagante, de insolidario, de cazurro y solitario. Rehuía la presencia de la gente porque prefería el silencio. Se pasaba horas y horas oteando la lejanía, contemplando el paisaje, recogiendo hierbas y cazando reptiles. Y decidió hacerse pasar por idiota para conseguir algún dinero para reparar la ermita.
Y se inventó una leyenda relacionada con el lugar para que fuera la atracción de turistas y bobalicones de ciudad; pero sobre todo para que se dejaran el dinero. Primero hizo correr la voz de que santa Valería curaba del reuma y de los ahogos del puerperio. Del mal de ojo y de las fiebres de Malta.
Junto a la ermita quedaba como residuo de un templete, una pequeña balsa donde una fuente murmuraba sus cuitas al paisaje. También Genaro aprovechó aquella agua que manaba ajena a todo para incluirla en sus planes. Y corrió la voz de que aquella agua era curativa de dolores de estómago, problemas urinarios y mal de la piedra. Y que quien tirase monedas en su alberca veía realizados sus deseos. Para eso debía hacer una caridad al cepillo de la santa Valeria, que por algo se llamaba Valeria: porque valía para curar esos males y rezar una Salve.
No tardó en correr la voz sobre las bondades del agua y la eficacia de los milagros de la santa. Genaro fue entrevistado por un periodista de El País y sus palabras ambiguas calaron en la gente de la ciudad siempre deseosa de novedades y adictas a mitos rurales. Los fines de semana era un chorro de turistas que como rebaño de ocas acudían al lugar dejando sus donativos en el cepillo y en el fondo de la alberca que brillaba como unas escamas por la cantidad de monedas que tenía depositadas.
Genaro se encargaba de recoger el dinero del cepillo y las monedas y pronto comenzó las obras de reparación de la ermita. Hasta que un día Genaro apareció flotando en la alberca cabeza abajo.
Las gentes del pueblo, que lo conocían, comentaban que el pobre idiota no sabía nadar y recordaban que había dicho que algún día se bebería toda el agua hasta reventar.
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(PD. Dedicado a mi amiga Gemmayla, ya que no tenemos Fontana de Trevi...)

ANDRESNIPORESAS03/01/0713:11




  • Zacarías.
I - ¿ COMO TE LLAMAS ?... ¿ có-mo-te-lla-mas ? - . - ¡ Sr. Alcalde, por favor, siga mirando a la cámara mientras les habla !, un par de fotografías más y habremos acabado -.
Escondida entre el grupo de periodistas destinados a cubrir la inauguración del centro psiquiatrico, pensaba que jamás me podría acostumbrar a ningún " Sr. Alcalde ". Dejando a un lado mis pensamientos que no me conducían a nada salvo a sentirme mal, y viendo que ya había acabado de anotar el nombre de todas las autoridades presentes en el evento, cogí un vaso de limonada y me encaminé sin saber muy bien por donde, en busca de aire fresco.
Encontré un amplio jardín; en una apacible sombra un banco solitario me invitaba a descansar. El dulce trinar de los pájaros, la belleza de la reciente primavera que hasta a sitios como aquel llegaba haciéndome olvidar los antiestéticos barrotes habidos en las ventanas, poco a poco fueron apaciguando mi alma de nuevo con la vida. Entonces le vi. Era el mismo a quien habían preguntado su nombre. Era el mismo que cuando le preguntaron y los fotógrafos insistían en hacerle fotos, creí ver en sus ojos........ ¡ no supe lo que vi !, ni sé porque me enfadé con el mundo por lo que vi. Era el mismo de quien oí comentar : - No entiende lo que le dicen - , - ah ! es tonto - , - se dice retrasado - .
Un tanto incomoda note que se aproximaba hacía mí, con paso cansino, cabizbajo. Con un gesto me indicó que si se podía sentar. - Ah si si , claro - dije mientras apresuradamente recogía mi mochila y me quedaba sentada en una esquina del banco. " Cuento hasta treinta y me voy" pensé, "..... 14, 15, 16". - ¿Por qué fumas?- pregunto mirando el cigarrillo que sostenía entre mis dedos. - ¿Cómo?, si le molesta lo apago- dije mientras pisaba mi cigarro. " 17, 18, 19, 20 ". - ¿Te importaría leerme un cuento? - dijo a la vez que me tendía un libro - mis ojos, niña, ya no son lo que eran -. " Lo siento señor loco pero me tengo que ir ",pensé. - Claro que no - dije.
Pase media hora leyendo cuentos de Las mil y una noches, sintiendo una inusitada paz al hacerlo y sobre todo al tener a mi lado a un anciano con ojos de niño que miraba embelesado al cielo, a las flores, a mí.... - ¡¡ Zacarias es la hora del baño !!- grito una espantosa enfermera con bruscas señas para hacerse entender. Le devolví el libro y se fue. Antes de entrar en el edificio regreso al banco con paso cansino, cabizbajo. - ¿Volverás? - preguntó ofreciendome una rosa blanca. " No puedo, tengo mucho que hacer " pensé. - Por supuesto- dije.
Mis visitas al sanatorio, mis visitas a Zacarias, se convirtieron en semanales. Se convirtieron en las más fascinantes horas de lectura que hubiera podido imaginar. Se convirtieron en un remanso de paz; leyendo cuentos de Quiroga, Borges, Onetti....; a veces, le leía poesía y quien se quedaba embelesada escuchando era yo, sabía de memoria cualquier poema que le empezará a leer ya fuera de Ruben Darío, de Machado, de Hernández o de Storni; me quedaba embelesada escuchándole ya que jamás había oído recitar con tanta pasión. Otras veces, las menores, hablaba sobre el comportamiento extravagante del ser humano , y otras muchas hablábamos sobre la dificultad mayor de la vida: llegar a conocerse uno mismo. Yo le dejaba hablar. Apenas me atrevía a interrumpir. No me atrevía.
Una tarde de sábado le encontré en el banco de siempre, había varias visitas paseando entre los frondosos árboles, Zacarias estaba solo, esperándome, pero esta vez no tenía entre sus manos un libro sino un paquete envuelto en un viejo papel de periódico. Me senté a su lado diciendo como siempre : - Buenas tardes -.
II Zacarias me miró, hizo una gentil inclinación de cabeza y sonrío levemente. Me entregó el paquete. - ¿Es para mí?- . Asintió. Quite el envoltorio con manos temblorosas. Dentro, encontré la figura ecuestre más bella que había visto en mi vida. - Ah no !, no puedo aceptarlo, no debes gastar tu dinero en algo para mi - . - Quedáte con ella por favor, quiero que la tengas tú -. Entonces sospeche que...... - Zacarias..... ¿esto no lo has hecho tú verdad? - . - Eso no importa, escucha, no te podré ver en mucho tiempo niña, tal vez no te vuelva a ver más - . - ¡¡ ¿ Por qué ? !! - casi chillé - ¿por qué si la semana que viene volveré ? ¿ te encuentras mal?
Dos enfermeros llegaron a nuestro banco. - ¡Vamos Zacarias te han prohibido salir! - dijo uno, -No sé para que le hablas, sino se entera - dijo el otro. " El pobre loco " se alejaba con paso cansino, cabizbajo, entre sus dos guardianes. - ¡¡ Zacarias Zacarias !!- corrí hacía ellos -dejadme un minuto a solas con él- pedí a los enfermeros. - ¿Qué pasa Zacarias?- . - .......... casi...casi matan a un compañero, dicen que fui yo - . - ¡¡ Pero tu no.... diles....- . -No puedo niña, ni siquiera..... ni siquiera sé si fui yo mi niña.... hace tiempo aprendí que es una desgracia no tener talento para hablar bien, pero mayor desgracia es no saber callar....y yo no sé...- decía mirándome y acariciandome con los ojos - ¿Volverás?- . -¡Volveré Zacarias! - dije mientras algo se me quebraba dentro, muy dentro, viéndole desaparecer con paso cansino, cabizbajo.

ANDREA00703/01/0714:19




  • Zombie.
Aquella tarde el viento agitaba con fuerza los árboles de la urbanización, arrastrando lejos las primeras hojas que caían. El cielo encapotado tenía un color gris oscuro, y el aire olía a electricidad y a tierra mojada. Juan, Ernesto, Vicente y Elena estaban reunidos en su rincón favorito de la plaza de la urbanización, hablando por hablar.
Los columpios desvencijados se movían produciendo un ruido molesto; la herrumbre había corrompido las bisagras, que crujían al separarse. Juan arrancaba de vez en cuando su pequeña moto trucada, acelerándola a todo gas, y recorría con ella la plaza, marcando su territorio. Aquel lugar era una zona restringida, y todo el mundo en Santa María, sabía bien que poner un pie en aquel lugar era buscarse problemas. Juan tenía veinte años recién cumplidos pero no los aparentaba. Era un joven envejecido por los excesos, por las juergas y por la soledad. Tenía una manía; acostumbraba a mantener los puños cerrados, preparados para emplearlos cuando hiciera falta, que solía ser muy a menudo, y guardaba a buen recaudo, en el bolsillo de sus vaqueros, una pequeña navaja que solía enseñar con frecuencia y que manejaba muy bien. Jamás dudaba, por eso él era el líder.
Juan no tenía miedo a nada, siempre buscaba el peligro y arriesgaba hasta el final. No le tenía aprecio a la vida, ni a nadie, ni siquiera a Elena, su novia. Para Juan la gente era un instrumento más puesto a su disposición para hacerle la vida más fácil, para servirle o servirse de ellos. No tenía amigos, ni le hacían falta, pero nunca estaba solo. Ernesto y Vicente, sus perros fieles, le temían demasiado para alejarse y darle la espalda. Ellos jamás le daban la espalda, y hacían bien. Elena le quería, o eso se empeñaba en hacer creer a todo el que le preguntaba que qué demonios hacía perdiendo el tiempo con un tipo como ese. La verdad era que le gustaba lo que representaba; el rebelde sin causa. Le gustaba fantasear con que podría cambiarlo, hacerlo bueno.
Aquella tarde, como siempre, la sangre de Juan hervía. Necesitaba sacar fuera su rabia, hacer algo para olvidar la angustia que sentía por estar vivo, por vivir odiando de aquella manera. Pero no pasaba nadie, ni siquiera un perro al que apalear. Entonces se fijó en aquel anciano vagabundo que iba al comedor de la parroquia arrastrando una gran maleta de cuero. El Supo, que así era como llamaban al anciano, era un viejo conocido del barrio.
_¡¡Supo ¿qué llevas en esa maleta?!!_ gritó riendo.
Pero el Supo que conocía de oídas a Juan, siguió caminando sin prestarle atención.
_ ¡Supo no me ignores, viejo loco!, ¿qué llevas en esa maleta?
El anciano apretó el paso decidido a no darle motivos para comenzar una pelea, pues como buen conocedor de las almas de los hombres, sabía que no era difícil encender a aquel que ya va calentito, y que no hay nada más peligroso que lidiar un toro resabiado que ya no embiste por instinto sino por el deseo de buscar sangre. El Supo siguió caminando bajo una lluvia de insultos. Juan seguía insistiendo, ardiendo en deseos de pegar, de matar o morir. Entonces el Supo no pudo más. Sabía que no debía hacerlo, que no ganaría nada con aquello, pero se detuvo y lo miró de frente. Juan, que no estaba acostumbrado a que nadie se le enfrentara, se sintió desorientado; aunque esa sensación le duro poco.
_te voy a matar_ dijo sacando su navaja y mirándole divertido. El Supo lo miraba tan intensamente, tan fijamente, que Juan sintió vértigo.
_¿por qué me miras así, viejo maricón? _. Juan sentía que el vértigo lo lanzaba a un abismo que se abría sus pies. ¿Qué había en la mirada de aquel viejo que le hacía sentirse de esa manera?
_eres un idiota_ dijo el Supo.
Juan lo fulminó con la mirada.
_cuidado con lo que dices o…_sacó la navaja, que brilló bajo la luz otoñal; y las manos le temblaron ligeramente.
_eres un idiota. ¿Sabes por qué te tiemblan las manos? …Porque tienes miedo.
_ ¿miedo yo? ¿De ti?
El Supo lo examinó detenidamente.
_Estás muerto.
_¡¿Me estás amenazando?!_gritó Juan
_No…Estás muerto. Tú no buscas matar o que te maten, porque ya estas muerto. Buscas que alguien te saque de ese infierno en el que estás, que alguien se apiade de ti y te lleve lejos de ese limbo de violencia sin sentido en el que habitas…Te compadezco_. Le dijo con profunda indiferencia. Y se alejo. Juan le observó con la mirada perdida unos instantes. ¿Qué había en los ojos de aquel viejo?
Indiferencia. Más indiferencia.
Aquella tarde Juan le pegó una paliza a Elena, y la mandó al hospital con unas cuantas costillas rotas; atracó dos gasolineras y se emborrachó. La mirada de aquel viejo le rondaba la mente, y por mucho que lo deseara, no se la sacaba de encima.
Eres un idiota.
Al día siguiente el cielo seguía nublado y el viento arreciaba sus fuerzas sacudiendo a voluntad las ramas de los árboles. Alguien había arrancado los viejos columpios que ahora descansaban dispersos por la plaza. La basura que solía acumularse en las esquinas, bailaba en remolinos de un lado para otro.
El Supo, que se dirigía como cada mañana al comedor de la parroquia, sintió un estremecimiento al pasar por allí. Y al llegar a la parroquia notó más movimiento que otras veces. La gente murmuraba, ansiosa, a las puertas de la parroquia; mirando de reojo al interior.
_¿no sabe lo que ha pasado? , le dijo alguien.
El supo sabía, pero no habló.
_¿conoce al ficha de Juan? …tremendo golfo. ¡Si usted viera lo que hizo con la Elenita!, pobre chica. No hay derecho que un cabrón mal nacido le haga eso a una chica como la Elenita, que no es mala, aunque se junte con esos zánganos…Pues la pegó el mal nacido ese. La pobre iba con los dos ojos morados. ¿Pero a qué no sabe?
El Supo sabía, pero tampoco dijo nada.
_Dios es justo. ¿A qué no sabe donde está Juan?
_ No…
_ En el tanatorio de Santa María. Muerto. Con dos puñaladas en el corazón.
El Supo apretó los finos labios.
_Descanse en paz.
_¡Que se pudra en el infierno!
Juan lo miró a los ojos con intensidad, y apretando su hombro con firmeza, dijo con su voz profunda.
_ya estaba en el infierno.
Aquel hombre se había quedado mirándolo con extrañeza.
_¿no se alegra, como todo el mundo, de la suerte que ha corrido ese mal nacido?
El Supo lo miró sin interés.
_era un pobre imbecil, se lo merecía, como dice todo el mundo; pero no me alegro, no puedo alegrarme de esa muerte. Él no tenía la culpa de estar muerto, de haber nacido muerto.
Y se alejó; como hacía siempre que sentía que la situación le superaba. Se alejó sintiendo como la vida seguía su curso. Nadie lloraría la muerte de ese zombie.

espejodevanidad03/01/0716:41




  • Bertinhaz.
Bertinhaz pidió aquel año a los Reyes Magos un deseo:
Majestades, he sido bueno, ruego me traigan un juego de palabras para entender a mis vecinos, no entiendo lo que hablan.
Baltasar, a quien encantaban estos días navideños porque podía levantar su barbilla y mirar de arriba a abajo sin que nadie se ofendiera, pensó en regalarle una taza y una tiza que acompañarían al libro “Aprenda idiomas y solucione sus problemas digestivos.” Un rollo de metro por ochenta de film transparente bastaría para el envoltorio de regalo.
Gaspar, que jugueteaba con nuevas tecnologías, sugirió que sería más adecuado dejarle en el zapato un pinganillo de oreja, de última generación, que fuera traduciendo simultáneamente cualquier sonido que percibiera el oído de Bertinhaz y permitiera llegar hasta su cerebro el contenido del mensaje del emisor. Podría darse una sobresaturación por cortocircuitos neuronales, pero no parecía probable, debido a la distancia entre la una y la otra.
Melchor, que dudaba si rejuvenecer el aspecto de su barba con un tinte rubio cobrizo para salir en la cabalgata de este año, dijo que lo mejor sería regalarle un cheque-bono de hotel, gigante, canjeable únicamente en hoteles de Indonesia, y un viaje de ida sin vuelta, porque estaba claro que Bertín-haz necesitaba vacaciones, había dicho que no entendía pero era que no atendía.
El mail-ero de Oriente traía noticias de última hora; Olentzero, ese carbonero que les hacía la competencia y que presentaban últimamente como el bonachón amigo de los niños, había sido en realidad un verdugo que en la antigüedad rebanaba el cuello con guadaña a quien pasaba por su lado. Una tradición bien intencionada pero equivocada le había dado un nuevo papel a representar en Navidad.
Melchor, Gaspar y Baltasar se miraron y empezaron a escribir una carta:
Querido amigo Olentzero…

ASOMBRILLADA03/01/0717:47




  • El pozo
Era tan idiota que él mismo se creía lo que le parecía ver. Se asomó al pozo y apoyado en el brocal vio la imagen de un clónico suyo. Esa imagen temblorosa no desapareció de su mente por eso cada poco tiempo volvía al pozo a asomarse para saludar a su nuevo amigo, tan parecido a él. La obsesión le llevó a salir a escondidas de casa para acercarse al pozo y mirar, pero pronto se dio cuenta de que su amigo, de noche, se iba a dormir y desaparecía del pozo. En su lugar veía a veces a la luna redonda y luminosa.
Pero un día todo cambió. Sobre el agua profunda navegaba un animalito. Centró su mirada y creyó ver una ranita con pintitas verdes en el lomo. Enseguida le vinieron a la imaginación los cuentos que le contaba su abuela sobre los príncipes que se convierten en ranitas porque así esperan a que una princesa les dé un beso de amor y los devuelva a su estado natural.
Cogió un pozal, lo ató a una soga y lo bajó con cuidado. La ranita dio un salto y entró en el pozal. Tiró de la cuerda y subió el cubo a la superficie, tomó la rana en sus manos amorosas y comenzó a acariciar su piel viscosa, sus granitos sebosos que emanaban un líquido lechoso, y comenzó a darle besos a sus colores variados, el verde, el amarillo, el rojo, a las manchitas negras. Tanto le gustó aquel animalito que ni pensó que pudiera ser un sapo venenoso, y lo llevó consigo a su habitación. Convencido como estaba de que era una princesa encantada lo metió en su cama y siguió acariciándolo. Al rato notó que sus labios aumentaban de tamaño, que su piel enrojecía, que tenía dificultades para respirar y que sentía vómitos. Pero continuó besando y lamiendo la piel del batracio, con tanto amor, con tal afecto que el animal se quedó quieto entre sus manos mientras los dedos lo asfixiaban como dos grarras.
A la mañana siguiente su madre los encontró a los dos, a él con las manos cogidas fuertemente del cuello de una bellísima princesa en forma de sapo venenoso.

todavia03/01/0718:03




  • El idiota.
El idiota
Hace un sol de justicia para esta fría mañana de enero. Jeremiah se ha levantado triste y cansado, no puede permitírselo. Dentro de dos horas se reúne con su consejo de administración, ha de tomar una decisión de millones de euros y tiene la sensación de que eso no le importa nada. El Audi que le lleva a su despacho se detiene en un semáforo y desliza el cristal oscuro de una de las ventanillas. Es la primera vez que Jeremiah baja ese cristal, se despide de su chofer, prefiere ir caminando, quiere relajarse, le dice. Sin ser consciente de que se encuentra todavía a quince kilómetros de distancia de su despacho comienza a pasear sin rumbo, mirando hacia adelante, al horizonte y al cielo. Recuerda cuando Julia le pedía constantemente que lo hiciera: “Nunca te olvides de mirar al cielo, a la noche, al sol y a las estrellas, a la luna, las nubes, al infinito horizonte”, y también recuerda cómo la perdió y cómo se olvidó de soñar.
Jeremiah se cruza con un par de carteristas, uno tropieza con él, le quita la cartera y se la pasa al compañero, no hacia falta tanto recato, ni se ha enterado el pardillo.
Continúa caminando y recuerda el esfuerzo, la lucha, las traiciones sufridas cuando alcanzó el puesto de Director General con tan solo 32 años, sacrilegio, Vicepresidente con 35 y Presidente del Consejo de Administración con 42 años, gran ofensa para los dinosaurios antediluvianos de la empresa. Jeremiah sonríe con una triste mueca, ¿para qué tanto esfuerzo?, ¿para qué tanto cash flow, coach, e-learning, team-building?
Siente un pinchazo en el pecho que se extiende hacia el brazo, le duele respirar. Detiene sus pasos, se ahoga, el corazón dispara su baile arrítmico y cae de rodillas; su cara se retuerce de dolor y nadie le presta ayuda, le duele tanto que no puede hablar, su cara se desploma contra el asfalto y su cuerpo muere. Jeremiah abre sus ojos en ese tránsito que a veces imaginamos, ve su cuerpo retorcido, se ve a sí mismo con la nariz rota y aplastada contra el suelo, el espectro que lo anima está inmóvil contemplando el absurdo final de su vida. Llega la policía y se lleva en un saco su cadáver desconocido al depósito municipal, a la espera de informes de forenses y a la aparición de familiares. Un ángel con grandes alas semiplegadas le toca en el hombro
– Bueno, ya pasó, ¿cómo estás?
El pobre Jeremiah está muy confuso, sigue pensando en el absurdo éxito de su vida, sus méritos profesionales y sus fracasos como hombre, ni siquiera mira al ángel.
– Eh – le dice suavemente – ven conmigo, es normal cómo te sientes, estás confuso. Yo ya he olvidado como me sentí, han pasado muchos siglos de mi muerte, ya tengo mis alas, ven conmigo
Jeremiah se da la vuelta y contempla al ángel mientras despliega sus enormes alas con orgullo y le tiende la mano. El ángel también está confuso, nunca había visto un espectro difuminarse, Jeremiah se apaga y se enciende, los espectros no lloran, piensa preocupado y se le escapa el pensamiento:
– Los espectros no lloran – piensa el ángel en voz alta –
– Los idiotas si – dice Jeremiah entre sollozos –
Y... el ángel contempla en silencio como el espectro de ese idiota que ha derrochado lo mejor de la vida se borra con sus propias lágrimas... para siempre.

milimetro03/01/0721:07




  • El tonto del pueblo de al lado.
Epifanio el tonto era feo y desdentado y, cuando comía galletas, salpicaba perdigones alrededor y se reía: “La jodí, la jodí¡¡¡”, y cogía otra.
Se sabía el santoral de memoria. En verano salía por el pueblo con su pata coja, por el paseo de la playa adelante, a tomar el fresco y una horchata cuando tenía con qué, porque su madre, que era ya muy vieja, no le podía dar casi nada. Se sentaba a jugar con los perros y miraba las estrellas, y cuando veía una chica guapa la perseguía diciéndole al oído:
— ¿Cómo te llamas? ¿Cómo te llamas? ¡Dame una perrica y te digo tu día!
Las niñas se asustaban de verlo detrás de ellas, tan feo y sin dientes, pero las mamás avisaban: “No pasa nada, es el Epi, pobrecillo, dile tu nombre y te dice qué día es tu santo”. Y las niñas se lo decían: “¡Yo,Sonia! ¡Yo, Marisa! ¡Yo, Alejandra! ¡Yo, Antonia!”
— ¡Antonia! ¡Antoñica! ¡Ése me lo sé!—se reía y farfullaba contento— ¡Tú, el diecisiete de enero! Porque san Antonio Abad nació en Egipto hacia el año doscientos cincuenta, ‘distrimbuyó’ sus bienes y se retiró al desierto donde comenzó a llevar una vida de ‘osceridad’ y penitencia. Reunió a muchos discípulos, supo confortar a muchos confesores durante la ‘presencución’ del Diocleciano y apoyó firmemente a San Atanasio en sus luchas contra los ‘marranos’... ¡Yastá! —y ponía la mano arrugada para recoger la perrica, la moneda.
Tremendas carcajadas se levantaban entre las chicas.
— ¡Pero yo soy de octubre! —protestaba la Antoñita, sabidilla.
— ¡Ah, San Antonio María Claret, obispo y fundador! —rectificaba rápido Epi manteniendo firme el tipo— El veinticuatro de octubre con Audacto y Jenaro presbíteros; Séptimo, Fortunato, Aretas, Marcos, Poncia, Petronila, Soterica, Valentín, mártires; Proclo, Magario, Bernardo, Calvo, Evaristo, obispos; Martín, abad y Nicéforo, monje… ¡Yastá! Antoñica, dame la perrica ¡¡¡
Antoñita alzaba la nariz y no le daba nada porque no había acertado a la primera y era un tonto, pero las amigas se reían y hacían coro: “Antoñita, dale la perrica¡¡¡ Dale al Epi la perrica, Antoñita”, y la chica se sofocaba y se rendía, y le daba unos céntimos para que se fuera.
— No la jodí, no la jodí¡¡¡ —se largaba el Epi muy contento, y se comía otra galleta y salpicaba de migas todo el contorno en dos toesas, sin importarle que cayeran sobre los niños, sobre la chaqueta del alcalde que pasaba o en la cabeza de la jipi que enfilaba collares sentada en el suelo, porque las migas babadas eran su forma democrática de participar en la vida de su pueblo.

BLANKA-L03/01/0722:56




  • Idiotas.
Cuando Jesús se levantó y reclamó pausadamente nuestra atención pensamos que, llegados a aquel punto, era la hora en que el se ponía a hacer el idiota, y todos nos recostamos en los asientos para ver su show particular. Nos divertía. Sin embargo, aquella última noche del año dos mil seis lo que Jesús nos dijo no fue nada gracioso. Nos confesó su depresión. Nos explicó cómo hasta ahora había estado ahogándola en alcohol pero que era hora de intentar curarse. Dejar de disimular. Acudiría a un profesional y a nosotros sólo nos pedía comprensión. No la culpó a ella. Ni siquiera la nombró pero, todos nosotros sabíamos cuál era la raíz de sus males.
Aquella noche ya no reímos más. Nos tomamos alguna que otra copa y todos intentamos dar palabras de aliento, cada uno a su manera. Estamos seguros que lo superarás, tienes que ser fuerte y todas esas cosas. Yo me sentí un perfecto idiota, como tantas veces en mi vida, por no haberme anticipado a aquello. Idiota y culpable. Era mi amigo y en cierta forma yo había propiciado aquello, no evitándolo. El día nos alumbró y con él un nuevo año bautizado en la pila de la tristeza. os fuimos de aquella playa. Y ya nunca volvimos a ser los mismos.
Después el tiempo pasó y no hubo pastillas que curasen el mal de Jesús. Ni pastillas ni palabras. Un día, se murió, en silencio. Dejó una nota, fiel a su estilo. “No se torturen, ni busquen explicaciones, me he muerto de pena.” Para aquel entonces yo ya me había casado con Carmen y me creía tan feliz. Los demás también se creían así, felices, con sus perfectas vidas organizadas y tan alejadas unas de otras pese a la cercanía. Acudieron al sepelio a derramar sus convencionales lágrimas por él y nos dimos palmaditas en los hombros, entre sollozos, recordándolo tal como era antes de aquella nochevieja que ya nos quedaba tan lejana. Me sentí hipócrita, falso, idiota de nuevo ante aquel guión perfectamente establecido que no hacía justicia a lo que un día fuimos y culminaba en lo que nos habíamos convertido. Aquel día, muchas cosas dejaron de tener sentido para mí y sobre todo, repudié mi vida, la de todos, por haber simulado aquella escena. Aquella terrible escena que todos representamos para acabar volviendo a nuestras vidas, a esa horrible cosa en lo que nos habíamos convertido. Con nuestras certezas y seguridades, ahora tan ridículas. Salimos del cementerio para no volver, para refugiarnos de nuevo en la mentira, la peor de las mentiras, que es la de nosotros mismos. Aún ahora, que tanto tiempo ha pasado, no puedo dejar de reprocharme aquello. No puedo superar la sensación de idiotez que me atrapó aquel día y que me acompañará hasta que muera. Tal vez porque como Jesús me dijo un día, el tiempo solo entierra aquellas cosas que el corazón ha dado por muertas. Y estoy seguro que el tiempo jamás podrá enterrar algo tan terrible como que un amigo, tu mejor amigo, se te muera de pena.

cap_Alatriste03/01/0723:52